La tribuna

Gonzalo Guijarro

La perversión pedagógica

LA Fiscalía de Menores de Sevilla ha dictado orden de alejamiento contra un menor que cursaba secundaria en el IES La Paz por amenazar a un docente con abrirle la cabeza con un hacha. Resulta algo más que inquietante que un chaval de catorce años llegue a tales extremos ante la mera intimación del profesor a que cumpla con sus obligaciones escolares. Uno se pregunta cuáles son los mecanismos que fomentan esta desaforada e irracional violencia en nuestros adolescentes. Antes, la espontánea rebeldía natural a esa edad ni se acercaba a tales niveles de violencia, pero de un tiempo a esta parte las agresiones de menores a sus padres o a docentes se han vuelto cada vez más frecuentes, al mismo tiempo que los rendimientos escolares descienden sin cesar. Permítanme algunas reflexiones.

La primera autoridad a que se enfrenta un ser humano es la de los padres, que son los encargados de la socialización primaria del niño y de transmitirle la más básica e importante de todas las herramientas culturales: el lenguaje.

La segunda autoridad a que se enfrenta un niño es la del maestro, que es, además, el primer representante oficial de la sociedad. Su misión es la de conducir al infante a una sociabilidad más amplia y transmitirle otras herramientas fundamentales para asimilar la cultura en la que ha nacido: el lenguaje escrito y la aritmética. Ese proceso de socialización y transmisión del legado cultural proseguirá en la adolescencia, conducido por maestros y profesores, que son los depositarios de una autoridad basada en el conocimiento y en los derechos y libertades democráticas.

La finalidad de todo lo anterior no es torturar al niño hasta encajarlo en unos moldes dolorosos y arbitrarios, sino todo lo contrario: dotarle de control sobre sus pulsiones más irracionales para hacer posible una convivencia civilizada, proporcionarle unos conocimientos que le permitan interpretar la realidad y alcanzar la autonomía como ciudadano, mostrarle lo que los mayores talentos de la humanidad han logrado en diversos campos antes de su nacimiento, para despertar y estimular así sus mejores capacidades, las que más felicidad podrán aportarle a él y a los que le rodean. Para conseguir esos nobles fines se crean los sistemas de enseñanza, que, por cierto, nos cuestan un pastón a los contribuyentes.

Las teorías pedagógicas hoy vigentes, sin embargo, consideran todo esto un abuso contra el niño. La ley prohíbe a los padres hasta darle a su hijo un corrector cachete cuando lo necesita. La capacidad sancionadora de maestros y profesores fue abolida tan pronto los pedagogos "progresistas" se hicieron con el control del sistema educativo, hace ya más de quince años. En su machacón y ampuloso discurso, estos pedagogos se esforzaron en sembrar la inseguridad entre los docentes, despreciando los conocimientos en que basaban su autoridad. "Lo importante son los valores", decían, pero la creciente violencia adolescente tampoco habla precisamente de asimilación de valores cívicos gracias a sus ideas. Cuando impusieron sus teorías, prometían una enseñanza verdaderamente científica; hoy se niegan, no ya a rectificar sus dogmas, sino simplemente a reconocer la realidad, lo que está en las antípodas de la honradez intelectual de la ciencia.

Niegan que el conocimiento sea una base racional y socialmente aceptable para la autoridad. Asimilan interesadamente esa autoridad con el injustificable autoritarismo franquista, en el que no dejan de ampararse ante las reclamaciones de la sociedad. Pero ejercen un mando inquisitorial y oscuro, negándose incluso a hacer públicas sus identidades ante los docentes, a los que parecen considerar sus siervos. ¿Tendrá esta situación algo que ver con los valores que realmente asimilan los adolescentes?

Nacemos como indefensos monillos pelones. Sólo gracias al legado cultural que se nos transmite nos convertimos en auténticos seres humanos; y sólo si ese legado incluye el estado de derecho nos convertimos en ciudadanos y no en amos o siervos. El niño, en contra de los dogmas pedagógicos, no es capaz de recrear él solo la cultura. Así lo demuestran los múltiples casos estudiados de humanos criados por animales salvajes. Si el desbordado ego infantil o adolescente no es moderado por la razón y la justicia democrática, lo que implica cierta dosis de represión, el monillo se convierte en un déspota incapaz de ser feliz y de permitir que los demás lo sean. Sólo encontrará su lugar en la manada, nunca en la sociedad democrática.

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