Cuchillo sin filo

Francisco Correal

La pirámide invertida

ANTONIO Falcón es un tipo curioso. Escurridizo como entrevistado, fugaz como entrevistador -en un periódico donde coincidimos inició con Rolando Campos una serie de entrevistas que acabó con el propio pintor-, Antonio lleva muchos años dirigiendo el colegio universitario Hernando Colón, ubicado en unos pabellones que el gobierno sueco o el finlandés construyó para alojar a vips nórdicos en la Expo. Conoció muy bien a Baltasar Garzón, pero eso es para otra columna. Con la discreción que caracteriza al Falcón maltés, para otro siglo.

Ayer me crucé con Falcón. Fue él quien hace tiempo me hizo una observación. Para que cada uno de nosotros esté en este mundo ha sido preciso que a lo largo de cinco siglos casi cuarenta mil personas se pongan de acuerdo. A una media de tres generaciones por siglo, yo mismo, que hoy cumplo años, he necesitado la complicidad de mis padres, mis cuatro abuelos y mis ocho bisabuelos en el siglo XX; de la concatenación de 16 colaboradores, 32 y 64 en el siglo XIX; de 128, 256 y 512 en el XVIII; de 1.024, 2.048 y 4.096 en el XVII; de 8.192, 16.384 y 32.768 en el siglo XVI, el llamado siglo de Oro. Mitad hombres, mitas mujeres. La paridad perfecta. Con que uno solo hubiera fallado por un viaje a Indias, una muerte por fiebres terciarias o exceso de celo del Santo Oficio, yo no habría venido a este mundo y ustedes dedicarían estos hermosos minutos a una actividad más provechosa que esta derivación algebraica por las lianas de la genética.

No queda ahí la cosa. Si sumamos mi estela y la de mi mujer, hay que multiplicar por dos el último guarismo. Además de los invitados que vinieron a nuestra boda, tuvimos la intercesión de 65.536 voluntarios. Más que los habitantes de Cuenca o Segovia. De mi árbol sólo vive mi madre, que hoy volverá a perderse en el meandro de palabras de su hijo. Ayer la despedí en la estación de Santa Justa. Iba con sus gloriosos casi 77 años por las escaleras mecánicas. La superviviente de aquellos 32.768 precursores. Estamos vivos de puro milagro. Capiteles de una pirámide invertida, por usar la figura de los manuales de Periodismo. Tengo tras de mí una ciudad de muertos llenos de vida, la que me dieron, que contrasta con este mundo que pregona ciudades de vivos llenos de muerte.

Después de la monserga, no les voy a pedir encima que soplen las velas de la tarta. Soy capicúa de nacimiento, ni manchego ni gallego: ferroviario. En la tarta colocaré un número primo, paradoja de esta albricia de tantos pares, parejas de baile que se comportaron como auténticos profesionales en el minué del azar. Con la disciplina del soviet, la eficacia del kibbutz y la precisión de los castellers de Cataluña.

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