palabra en el tiempo

Alejandro V. García

Un plato de calamares

TENEMOS un problema y no es de los veniales. El domingo los españoles se echaron a la calle para protestar por la reforma laboral, se echaron en masa y tomaron las ciudades a pesar de que la siniestra normativa aún es papel muerto. Ocurrió el mismo domingo en que los congresistas del PP hacían votos, ajenos y felices, por el futuro reformado de la reforma laboral. Eran como dos mundos contrapuestos: el de las calles y el de Sevilla. Tenemos un problema gordo porque si ahora ha salido tanta gente ¿qué pasará cuando la potencia helada del papel empiece a despertar, cuando las primera amenazas reverdezcan y los cuchillos, que ahora parecen plumas o uno de esos arabescos que ilustran los libros oficiales, empiecen a cortar cabezas con la destreza profesional de un verdugo, cuando las colas de las oficinas del paro se llenen de víctimas de la sangría (con su sobrecito de 20 días por año pillado con un imperdible a la pechera, como los pobres de Gila) y cuando el paso del tiempo nos permita comprobar que la reforma es un burdo sistema para empobrecer a la gente común?; qué pasará, en fin, cuando esas mansas concentraciones de personas deshechas por la incertidumbre pero aún capaz de comer y consumir y de ir al médico sin más consecuencias que algún retraso, tome conciencia y sufra los efectos indudables del deterioro. ¿Qué harán frente al tancredismo del Gobierno de Rajoy, frente a Europa y los mercados?

Estamos en una fase muy primaria. La letra no calienta los ánimos; los que calienta y pone al rojo son los hechos, los tajos, los golpes. Los sindicatos lo han hecho bien. ¿Para qué una huelga general que es un sistema caduco, inofensivo? Cuando Rajoy comentó en Bruselas con una sonrisa a un comisario que le iba acostar la reforma una huelga general lo pronunció como el mismo énfasis con que uno dice "me va a costar unas cervezas y un plato de calamares". La devaluación de las huelgas generales ha sido tan vertiginosa que la mítica arma inventada en el siglo XIX para paralizar la producción industrial hoy vale más o menos como un plato de calamares congelados. Las circunstancias y el abuso por parte de los sindicatos la han reducido a un melancólico plato de menú del día.

Los sindicatos hacen bien: no quieren huelga. Ir a una huelga general del brazo de los mismos que sufrieron las huelgas generales anteriores es una absurda estupidez. Va a ser esa sensación de incertidumbre, ese miedo inconcreto que se está instalando en la conciencia de la gente, ese malestar que quita el sueño, ese bacilo que perturba y contrae o eleva la voluntad de rebelión la que por sí misma va a marcar la estatura de la revuelta o la paciencia. Alta o baja pero más sincera que las coreografías de huelga general que han desfilado en los últimos por nuestras calles.

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