De poco un todo

Enrique García-Máiquez

Bajo la playa

LOS muchachos del mayo del 68 coreaban que bajo los adoquines estaba la playa. Sonaba muy chulo, y lo cierto es que, en parte para tirárselos a la Policía, en parte buscando la orilla, levantaron todos los que pudieron. La playa no sé si la encontraron, pero con aquella revolución ellos hicieron su agosto y han vivido de contarlo y presumirlo sus buenos años.

Ahora que nos gobiernan sus herederos no estamos tan poéticos. Si atendemos a las conversaciones de sombrilla y chiringuito, es justo lo contrario: bajo la playa están los adoquines. No se habla de otra cosa que de la dura crisis que tenemos encima o, mejor dicho, debajo, tras la fina capa de arena de las vacaciones.

Alguno dice: "Mira cómo está la playa… Con tanta gente tomando el sol, la crisis no será tan dura". Hombre, contesta otro, tumbarse es una de las cosas más baratas que existen. El sol sale para ricos y pobres con el mismo esplendor dorado y generoso, gracias sean dadas al cielo. Los chiringuitos también tienen su público, pero el respetable no pide con la alegría de antaño, sino que da vueltas a la carta como si fuera el sudoku ese de Solbes, que no le termina de cuadrar al hombre.

Ni siquiera el heroico Nadal ha conseguido que nos olvidemos del asunto, y aunque nos alegramos mucho de su oro, enseguida volvemos a ponernos mohínos con el plomo nuestro. ¿Se han fijado ustedes que este verano no se habla del tema estrella de los últimos tiempos: aquel famoso calentamiento del planeta? Para caliente ya tendremos el otoño. También es significativo que no haya habido que soportar la típica canción del verano. Según unos, no están los ánimos para cancioncillas, y según otros, qué letra queremos más pegadiza que el "ay, la crisis, ay" que entonamos a coro.

Para distender algo el ambiente, cada vez que puedo recuerdo un artículo de Paul Johnson donde enumeraba las ventajas de una crisis. Gracias a ella, según Johnson, el fontanero llega a casa en cuanto se le avisa, se encuentra mesa en los restaurantes, se descongestiona el tráfico porque la gente recurre al autobús y, en vez de salir de copas, no nos queda más remedio que quedarnos en casa leyendo. Pero mis contertulios no terminan de ver el chiste. "Vaya consuelo", suspiran, quizá porque no han tenido un grifo goteando, como yo, desde finales de mayo.

Humor negro aparte, lo de la crisis no tiene mucha gracia. No beneficiará a nadie, ni a ésos del PP que piensan que a ellos sí les cuadrará el sudoku electoral, ni aunque les cuadre. Para empezar a hablar, este verano nos ha empobrecido a todos. Qué penuria de temas de conversación, sólo la crisis, la crisis.

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