cuchillo sin filo

Francisco Correal

Ese pobre es mío

EL mundo siempre ha sido de derechas y la gente de izquierdas. El paradigma de la primera parte de la afirmación es la naturaleza, cuya conservación es faro y brújula del movimiento ecologista y es en sí misma una necesidad perentoria de supervivencia. El asesor de Obama en temas de sostenibilidad, el canario de Boston Juan Verde, dijo el otro día que una economía verde no sólo es más ética sino más rentable; tiene razón: miré la denominación de origen del tinto ecológico que me regaló Paco Casero y procedía de la localidad granadina de Dólar.

Debe ser una de las citas que más veces he repetido a lo largo de mi vida: "El oro es el ídolo de los ricos y los ricos son los ídolos de los pobres". Saldaré la deuda con los herederos del cura gallego Benito Feijoo y Montenegro, autor de la sentencia. Iba recordándola el otro día por la plaza de los Terceros, junto al Rinconcillo, y pasé por la calle Feijoo, como si al otro lado del twitter callejero se hubiera activado la voz libérrima del ensayista y sacerdote. Corren tiempos paradójicos -eufemismo de jodidos, obviamente- en los que la realidad está volviendo del revés la frase del páter.

Los pobres son los ídolos de los ricos. Me explico. La derecha ha sido dueña material de la pobreza: la administró, la repartió, la perpetuó. Hay una izquierda que se considera propietaria inmaterial, intelectual, de esa pobreza. Como si los pobres fueran suyos. La dictadura del proletariado con libreto de La venganza de don Mendo. Por eso la izquierda canónica, gauchismo a la violeta, se rasga las vestiduras cada vez que oye hablar de pobreza a la Iglesia, al partido en el que militaba Feijoo. Lo consideran un asunto de su exclusiva incumbencia, sienten celos de autoría y pedigrí.

En esta crisis, hay una izquierda instalada en el poder que, como el mundo y la naturaleza, siempre es de derechas, que aprovecha el batiburrillo del malestar para volver a caer de pie una vez más. En cuanto ven amenazados sus privilegios, los meten en el mismo saco de los derechos de los currantes, de los desheredados, y se suman al ruido para que la furia maquille su condición de privilegiados. En su película Allonsanfan, los hermanos Taviani narraban el viaje a ninguna parte de los salvapatrias, la línea casi imperceptible que separa al libertador del tirano. Los pobres son los ídolos de los ricos. Y el oro lo es de ambos. O la plata. La que dos siglos después ha regresado en dos aviones Hércules procedente del naufragio en aguas californianas del barco Nuestra Señora de las Mercedes.

La izquierda era un ideal y la inercia y la costumbre la han convertido en un oficio. Y la derecha, que era el segundo oficio más antiguo del mundo, siempre tan conservador, ha empezado a ocupar su lugar.

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