La ventana

Luis Carlos Peris

J. T. podría ser el salvavidas del toreo

DIECISÉIS de septiembre, festividad de San Cipriano y San Cornelio papa, y no ocurrió en la Maestranza de Sevilla sino en el coliseo nimeño a eso del mediodía. El teletipo de las amapolas se alía con la prontitud de las redes sociales para hacernos saber que este día va a pasar de propio derecho a la inmortalidad como de los más señeros en la historia del toreo. La hazaña la firmó José Tomás, ese nuevo dios laico que tan avaramente se muestra al público y que bien podría ser la piedra filosofal que sacara al toreo de su penuria actual. El pétreo gurú de Galapagar protagonizaba en ese luminoso domingo un recital sorprendente de auténtica tauromaquia desorejando a todo su lote e indultando a Ingrato, cuarto toro del encierro, herrado con la marca Parladé. Y la pregunta es la de por qué un torero como éste no se prodiga para ver si, gracias a su presencia, el toreo escapa del marasmo en que malvive.

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