La tribuna económica

Gumersindo / Ruiz

El porcentaje y la escala

LA crisis nos desconcierta; la discusión en torno a las medidas de política económica es técnica e intelectualmente muy endeble, superficiales la mayoría de los comentarios en la prensa especializada, y peor los que oímos por la radio. Sin embargo, dos intervenciones recientes han calado en el problema; una de ellas de Alfredo Sáenz, Vicepresidente y Consejero Delegado del Santander, sobre la gravedad y duración de la crisis; y otra, de Mohamed El-Erian, presidente de Pimco, y antes del fondo de Harvard, uno de los gestores de inversión y analistas teóricos más lúcidos, quien nos recordaba que los problemas hoy no están en los porcentajes de variación sino en su escala.

Sáenz identifica lo que a menudo olvidamos: partimos de un exceso descomunal (de consumo, de endeudamiento, de la vivienda, de incremento de población activa), que debe corregirse. La recuperación será lenta, y hay que prepararse para navegar en una crisis que puede ser muy larga. El-Erian nos dice claramente que los inversores no han aceptado aún, aunque lo conocen, que los niveles absolutos de renta, deuda, riqueza y desempleo, y no los tipos a los que evolucionan, es lo que hoy cuenta. En efecto, la renta puede tardar en recuperar los niveles anteriores a la crisis, la deuda alcanza un volumen que no podrá deshacerse en mucho tiempo, hay riqueza que ha sido destruida para siempre, y la economía no puede generar empleo suficiente para tanta gente incorporada al mercado de trabajo en la economía global (millones de personas en países como China e India, que anteriormente no accedían al mismo). Tenemos que acostumbrarnos a lo que él llama "la nueva normalidad".

La escala del problema se puede considerar a partir de cinco desequilibrios. El primero, el enorme endeudamiento del consumo en relación al incremento previsible de la renta; el segundo, los desequilibrios en los balances de los bancos, que les limita su capacidad de dar crédito; el tercero, el desempleo que tardará años en equilibrarse, y que sufrirá una redistribución internacional; el cuarto, el endeudamiento público, que hoy es inevitable para salvar la situación, pero es un lastre para el futuro; y, por último, los desequilibrios en el comercio internacional, con economías exportadoras que ahorran, y otras endeudadas. En España tenemos, además, un problema de economía real, por la dimensión del sector inmobiliario, que en el momento mas álgido casi duplica en porcentaje la media del área del euro en cuanto a peso en el producto y el empleo total. Hay que dejar de hablar de porcentajes que crean falsos espejismos de recuperación, o que nos hunden en el pesimismo; por otro lado, las grandes reformas en educación, innovación, mercado laboral, aunque necesarias, no son respuestas inmediatas a la urgencia de la situación. La escala de los problemas a que nos enfrentamos exige medidas directas en cada uno de los desequilibrios que hemos identificado; pero para ello hay que cambiar la estructura de análisis, y, como decía Keynes, no son las discrepancias políticas ni las malas teorías las enemigas principales de una solución, sino las ideas y prejuicios que anidan en nuestras mentes.

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