PASA LA VIDA

Juan Luis Pavón

El precio del intermediario

NOS equivocamos todos si enfocamos el conflicto de los camioneros sólo como un pulso entre transportistas y el Gobierno, como un asunto muy sectorial. El problema ni se parchea ni se arregla con ayudas o exenciones que pueden estar justificadas para aliviar el ahogo de ciertas empresas de mercancías (y de los patrones de barcos pesqueros) por la factura del combustible. Lo que debe ponerse en cuestión por parte de Zapatero, Solbes y Sebastián es la histórica deficiencia y opacidad del mercado español. Ahí sí que está desacelerado el talante.

La mano invisible, en lugar de mecer la eficiencia en la fijación de precios razonables para productores y consumidores, tiene contra las cuerdas a unos y otros. Sus enormes márgenes de beneficio, sus prácticas de oligopolio que someten a vasallaje a las pequeñas y medianas empresas, y su manejo de la globalización para vender caro lo que se cosecha y transporta muy barato, marcan reglas del juego que nadie se atreve a pregonar en plaza pública.

En 30 años de democracia, España ha ido perdiendo el miedo a un sinnúmero de tabúes. La igualdad de todos ante la ley ya se ha puesto de manifiesto sentando en el banquillo de los acusados a ministros, banqueros, obispos y militares. La hermana de una princesa puede perder un juicio. El dueño de una mercería puede convertirse en el español más rico. El hijo de una familia modesta puede ser presidente y ser reelegido. Un socialista de raíces marxistas puede ser secretario general de la OTAN. Un Gobierno puede salirse de la guerra de Iraq aunque se enfade EEUU. Pero no hay bemoles para meter en cintura las condiciones que establecen los intermediarios y distribuidores de la alimentación, y que un kilo de limones o de tomates deje de costarle al comprador diez veces más de lo que cobra el recolector.

La inflación es la patrona de este gremio. Su ley es la del silencio. Y los gobiernos son cómplices por bendecir la tradición.

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