La ciudad y los días

Carlos Colón

A precio de lágrimas e indefensión

TODO el mundo tiene derecho a una segunda oportunidad... ¿no?" se lee en un perfil de Tuenti atribuido (falsamente según su abogado) a uno de los implicados en el asesinato de Marta del Castillo recientemente excarcelado. Tiene razón: todo el mundo tiene derecho a una segunda y hasta una tercera oportunidad. Salvo los asesinados y sus familias. No hay segunda oportunidad para los muertos ni para quienes los lloran. No la hay para Marta ni para sus padres. Nunca la oirán abrir la puerta, la podrán volver a besar, la felicitarán en su cumpleaños o se sentará en la mesa familiar una Nochebuena. Y como quien le quita a una persona la vida, no sólo la desposee de todo lo que tiene, sino de todo lo que hubiera podido tener, este nunca abarca los amores que no vivirá, los hijos que no tendrá, la posibilidad de madurar que no experimentará, las emociones felices o tristes que no sentirá y todo cuanto le hubiera correspondido vivir si no la hubieran asesinado.

Sus padres la trajeron de la nada a la vida para acompañarse amorosamente los unos a los otros a lo largo de una existencia que nadie tiene derecho a truncar. No sabemos si a quienes mueren les espera la vida eterna o la nada. Los creyentes esperamos lo primero, los no creyentes esperan lo segundo y nadie podrá ponernos de acuerdo nunca. Pero todos coincidimos en que cuando se engendra un hijo se produce el prodigio, no por más natural menos asombroso, de hacer surgir el ser de la nada. Alguien único e irrepetible hasta el fin de los tiempos irrumpe en la existencia para sentirla como nunca nadie antes o después lo ha hecho y lo hará. Truncar esta vida es el acto más terrible e irreparable. Porque lo que se aniquila tiene la absoluta importancia de lo irrepetible y la suprema grandeza de lo humano, que es la que corresponde al único ser consciente de su propia vida, dueño de su destino y responsable de sus actos. Lo que dejó dicho de una vez para siempre Pascal: "El hombre no es más que una caña, la más débil de la naturaleza; pero es una caña pensante… Aun cuando el universo le aplastara, sería todavía más noble que lo que le mata, porque sabe que muere".

Comprendo muy bien la desesperación de los padres de Marta del Castillo y comparto su indignación. Para ella y para ellos no hay segunda oportunidad. Ni siquiera, pasado casi un año del asesinato, se les ha dado la de enterrarla. Es el hipócrita y terrible precio de lágrimas, indefensión e injusticia que pagamos para sentirnos más humanitarios, garantistas y progresistas que ningún otro país de nuestro entorno con más larga tradición democrática.

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