RELOJ DE SOL

Joaquín Pérez-Azaústre

El premio de Pe

GANE o no Penélope su Oscar, la ganancia estaba en otra parte: ese territorio conquistado en la dura aspereza de vivir. Así, lo que en otras actrices ha parecido difícil o imposible, un afianzamiento en la salida, salir a rodar fuera y continuar, en Pe ha parecido una facilidad de andar por casa. Durante mucho tiempo, si se quería pensar en los actores españoles que habían rodado fuera sólo había dos nombres, en una edad reciente: Fernando Rey, primero, y Victoria Abril, después. Quizá el título internacional más conocido de Fernando Rey fue French Connection, que es curiosamente la razón del triunfo exterior de Victoria Abril, su desparpajo abierto del francés, que le ha hecho, en ocasiones, rodar en Francia más que en España: porque la belleza primera de esta chica era un poco francesa, aunque pasada por el mito de Carmen a lo punk. Esto lo ha contado Antonio Banderas, que después se encargó de ir partiendo solo el bacalao, rebozado y crujiente, y de organizar en su vieja mansión española, tan cinematográfica como la de las antiguas estrellas del cine mudo, las mejores paellas de Los Ángeles.

Sin embargo, siendo Antonio Banderas el precursor del éxodo español hacia Hollywood, en él quedó constante la factura continua del esfuerzo: aprender un idioma, comenzar de la nada, participar en películas que en España no hubiera aceptado. El trayecto de Banderas es la encarnación del sueño americano, su rudeza y su éxito, esa satisfacción que es recompensa por el trabajo bien hecho. Sin embargo, todo lo que en Antonio se nos presentó en su día como una ambición salvaje y meritoria, ese valor curtido del empeño aderezado con el talento múltiple, en Penélope Cruz siempre parece una facilidad. Es como si esta muchacha hubiera llegado allí para gritar "¡Pedrooo!" en los Oscar, también junto a Banderas, sacar a rastras a Almodóvar de su escenario de vírgenes y santas amarrado a su premio por Todo sobre mi madre, y después comenzar una escalada que era una alfombra roja cuesta arriba, una plenitud sobre el ascenso.

Ha dicho Cristina Rota, una de las primeras maestras de interpretación de Pe, que desde el principio fue una esponja, que lo miraba y lo apresaba todo. Así le ha sucedido con los hombres, y así se ha ido gestando una riqueza desde la mutación sentimental. Sucede, también, que la facilidad visible es engañosa, y esconde brillantez en la retina cosida por los hilos de una voluntad que es implacable. No sé si está más guapa que nunca, porque lleva muchos años guapa: ya en La niña de tus ojos tanta jovialidad se había asentado en una turbadora placidez. Nos la van a gastar de tanto amarla, pero ya es un fenómeno mundial. El Oscar está bien, pero el trayecto es una estatuilla de los sueños dorados.

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