la ciudad y los días

Carlos Colón

La presencia del Señor

LAS doce y media. No sale el Cerro. Las cuatro. Pasa un cabizbajo nazareno de San Esteban. Su tristeza azul y crema nos dice que su cofradía no sale. Tampoco lo hacen los Estudiantes. Escupen agua los caños de la antigua Fábrica de Tabacos. Maruja Vilches, coraje de calle Feria y Altos Colegios, pone la Cruz de Guía de los Javieres en la puerta de Omnium Sanctorum. Aplausos, paraguas y lluvia. Pero coraje no es temeridad; y las puertas se cierran. San Benito duda si podrá presentar su Señor a Sevilla. ¡Es tan largo el recorrido y tan difícil encontrar refugio para tres pasos! Al final, no sale. Las siete: la Candelaria y Santa Cruz tampoco salen. Martes Santo de ausencias. Y de Presencia.

Llueve sobre las sillas que se están poniendo y abriendo en la Campana. Una cinta morada atravesada por un alfiler, caída en un charco en Cardenal Spínola. Discreto ir y venir por las calles que conducen a la plaza de San Lorenzo. Los bares, llenos. La plaza, casi vacía. Los bancos de la Basílica del Señor, repletos. El largo reclinatorio situado ante el presbiterio, lleno de devotos arrodillados. La cola nace en la mesa petitoria de las cintas moradas.

El leve pero incesante flujo de fieles la mantiene estable en su desacostumbrada brevedad. Gotean los paraguas cerrados sobre el mármol. Huele a ropa húmeda. El único sol en este triste Martes Santo es el de los bordados de la túnica de los cardos; la única luz, el rostro del Señor; el único calor, el que sus devotos le dan y el que reciben de Él.

Señor del Gran Poder. Pozo seco que da agua de vida eterna. Árbol desnudo de hojas que protege con su sombra. Herida que sana. Tristeza que consuela. Debilidad que sostiene. Indefensión que ampara. Mudo cordero ofrecido en sacrificio. Raíz de Dios brotada en la árida tierra del pecado, el dolor y la muerte. Piedra desechada convertida en angular. Fuente agotada de la que manan ríos de gracia. Humilde majestad deseosa de cercanía que pide escaleras de camarín para darse en besapié todo el año; Señor de las gentes y los caminos que pide pisar tierra, ponerse a la altura de los hombres y confundirse con ellos, y nunca es más Él que cuando en la noche del Viernes de Pasión lo ponen en el suelo, apenas sobresaliendo su cabeza mansa y poderosa sobre de la multitud que abarrota la Basílica; Buen Pastor que pide paso para salir por las calles en busca de almas perdidas; representación única de la presencia de Dios ante los hombres y de la presencia de los hombres ante Dios; tan fuerte, tan manso, en la última tarde en que pisa el suelo de esta ciudad suya que sentimos nuestra sólo porque es de Él.

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