La crónica económica

Manuel Hidalgo

Era previsible

ERA previsible. Nunca como ayer quedaron tan claras las diferencias existentes entre los objetivos de las políticas monetarias del Banco Central Europeo (BCE) y de la Reserva Federal norteamericana. Desde hacía días se contaba con un mantenimiento de los tipos de intervención europeos, y así ha sido. Claramente, esta decisión informa sobre los temores inflacionistas que el BCE aún tiene, en el mismo momento en el que la Fed recorta vigorosamente los suyos. Está claro, la Reserva da más relevancia a la estimulación de la actividad frente a la inflación, mientras que el BCE se preocupa más sobre los precios que sobre el paro o la caída en la producción.

Esta divergencia de actuación marca la distancia entre las diferentes políticas. La razón para esta asimetría proviene de las diferentes experiencias vividas por ambos países a lo largo de su historia, por el diferente papel que el dólar y el euro tienen en la economía mundial y por la diferente intensidad de la ralentización.

Centrándonos en la primera razón, desde 1929 en los Estados Unidos existe cierta psicosis por la posibilidad de errar con la política monetaria. En aquel momento, ante el desplome de la Bolsa y la desaparición de la mayor parte de las rentas generadas por los felices años veinte, la Reserva optó por no actuar, provocando una de las peores crisis económicas de la historia. Desde entonces, con importantes baches en el camino, cualquier atisbo de crisis se traduce rápidamente en relajaciones monetarias.

Por el contrario, una experiencia europea similar a la norteamericana no existe. En parte porque el BCE lo es desde hace pocos años, y también, porque su tradición no puede ser la mera suma de las diferentes tradiciones monetarias nacionales.

Esta falta de tradición se traduce en que sus decisiones están ancladas a unas obligaciones estatutarias de velar por la estabilidad de precios. Por ello, mientras no desaparezca la amenaza de inflación, no relajará su política, a menos que el riesgo claro e inminente de una recesión obligue a un cambio de estrategia.

Mientras, España lo pasará mal. Nuestra inflación es muy superior a la media europea, por lo que las expectativas inflacionistas amenazan con ser más intensas y afectar más a la economía. También, nuestro anterior modelo de crecimiento parece desmoronarse más rápido de lo pensado. Esto implica que nuestra necesidad de una reducción de tipos sea más acuciante que en otros países europeos. Si antes los bajos tipos alentaban nuestro crecimiento más que en otros países europeos, básicamente por el diferencial de inflación, ahora, los altos tipos pueden lastrar con especial fuerza a nuestra economía, ya que apunta directamente a nuestro reciente motor de crecimiento: la demanda interna.

En definitiva, España sería afortunada si disminuyera el precio del crudo y de las materias primas. Esto afectaría positivamente a la inflación, retornando a niveles más moderados, por lo que los tipos caerían, permitiendo disfrutar a nuestro país de un aterrizaje menos forzoso como el que parece estar experimentando.

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