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francisco / andrés / gallardo

El primito principesco

LOS amigos serían esa familia que uno va construyendo con sus experiencias vitales. No es por caer en el tópico, pero además de convertirse en 'familia postiza', son el mayor tesoro inmaterial que se puede tener si se sabe escoger y cuidar, más allá de los intereses materiales. La familia de verdad, con la que se comparten genes y vínculos matrimoniales es un asunto más complicado porque de por medio están obligaciones y lealtades sanguíneas además de tener que compartir un puñado de comidas en el calendario que deberían de ser lo menos incómodas posibles para todos los implicados. En los (buenos) amigos late lo desinteresado; en la familia, lo incondicional.

Dentro de la familia se pueden escoger cuántos de sus miembros forman parte del 'núcleo duro' de cada cual, del eje vital de sentimientos y necesidades, sobre el que orbitan otras capas donde se encontrarían aquellos que tal vez no toleran el triunfo o simplemente el brillo de ese familiar que destaca.

La Princesa de Asturias, Doña Letizia, no ha ganado para disgustos de su familia, inclusive la inesperada muerte de una hermana. Durante treinta años fue una "persona normal", aunque fuera la presentadora del Telediario, sin pensar en las responsabilidades que le aguardaban y sin atisbar las complicaciones añadidas que le iba a traer ese enlace por purito amor con Don Felipe.

Lo último que sobrevuela sobre la imagen de la Princesa es un libro (se le puede llamar así porque está encuadernado), firmado por un primo suyo, David Rocasolano, en el que desgrana sus vivencias y presuntos favores hacia la periodista antes de que vislumbrara convertirse en esposa del heredero. Un libro que sale a la venta agriando aún más el ambiente irrespirable en la Zarzuela. David es el abogado que tramitó el divorcio de Letizia y quien, por tanto, conoce algunos secretos incómodos. El primo pudo elegir entre la elegancia de la discreción, como profesional; o la impertinencia, contante y sonante, de lo que parece un familiar envidioso. O al menos rencoroso. Con familiares así, está claro, no hacen falta más enemigos.

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