la tribuna

Manuel Ruiz Zamora

El principio de regeneración

UNO de los mayores temores que las elecciones del 20-N les suscitaban a mucha gente de izquierdas era que la debacle que las encuestas les vaticinaban finalmente no se confirmara. Cuando hablo de izquierdas me refiero, por supuesto, a la izquierda democrática, no a los vestigios reverdecidos de los nostálgicos del miedo a la libertad. Una derrota dulce, por decirlo con las palabras de uno de los últimos descubrimientos del PSOE, Felipe González, podría haber supuesto la aterradora posibilidad de que algo cambiara para que todo siguiera igual.

Podría haber implicado, por ejemplo, que la irrelevancia virtual del zapaterismo se perpetuara a través de una de sus reencarnaciones más fantasmales: la gimoteante Carme Chacón. No obstante, si después de las elecciones Rubalcaba ha quedado reducido poco menos que a la condición de anacronismo antediluviano, Carme Chacón, con sus identitarismos nacionalistas y de género, nos remite directamente al pleistoceno inferior del zapaterismo, cuando aún había muchos que creían que en aquella nada había algo.

En contraste con ello, un derrumbe tan incontrovertible como el que se ha producido plantea el imperativo de repensar el edificio entero desde los propios cimientos ideológicos, a menos que la izquierda quiera llevar su devoción posmoderna por la diversidad hasta sus últimas consecuencias y acabar convertida en una miríada de grupúsculos atomizados de los que UPyD no sería sino la primera avanzadilla. Por supuesto, lo importante de las apasionantes posibilidades que abre este panorama no estriba tanto en los virtuales réditos que a medio plazo pudiera reportarle a una izquierda inteligentemente regenerada, sino en las que podría dispensar a la necesaria regeneración moral del país.

Uno de los efectos colaterales de la crisis ha sido sacar a la luz, con una crudeza a veces insoportable, una serie de vicios que se han ido configurando, desde los alegres años de la Transición, como poco menos que señas de identidad de nuestra democracia. Aquel esteticismo más o menos ingenioso y aquel hedonismo ávido e insolente que, tras varias décadas de lúgubre atmósfera cuartelaria, parecían transgresores y divertidos, se han revelado, con el tiempo, como un fértil campo de cultivo para la vulgaridad, la insolidaridad y el incivismo. España es hoy día un inmenso páramo de convivencia en el que impera lo que Ortega bautizó como la moral del señorito satisfecho, ese individuo que "ha venido a la vida para hacer lo que le de gana" y que considera que nada es fatal puesto que nada es irrevocable ni hace daño.

Pues bien, si hay algo que estas elecciones han venido a poner de manifiesto es que la gente, ante el vértigo del abismo, ha reculado hacia posiciones que, después del recital de irresponsabilidad e incompetencia de los últimos años, les ofrecen al menos ciertos visos de seriedad y de esperanza. A nadie le cabe duda de que la derecha intentará enderezar el rumbo de la economía, procurará restituir una imagen exterior de país literalmente arrasada por la ínfima talla de quienes fantaseaban con estrellatos interplanetarios y alianzas de civilizaciones, y afrontará, incluso, las reformas inaplazables de la Administración pública y la educación, en donde los niveles de burocratización corren paralelos a los de ineficiencia.

Ahora bien, la pregunta que se impone es la siguiente: ¿queremos salir de este atolladero para regresar de nuevo al planeta de los simios, ese escenario en el que la estatua de las libertades cívicas aparece arrasada por el consumismo, la banalidad y el derroche? Es aquí en donde, en mi opinión, la derecha presenta una serie de deficiencias ideológicas insalvables, como se desprende, por ejemplo, de la cerrilidad con la que se opone a la asignatura de Educación de la Ciudadanía, y en donde se precisa, por tanto, una izquierda seria, eficaz, consistente y, si no es demasiado pedir, verdaderamente progresista.

Tendría que ser, por supuesto, una izquierda virtualmente antitética a esta que, como estamos viendo con la obsesión de remover la carroña de Franco, anda aún enfangada en sus propios fantasmas psicológicos. Una izquierda universalista, no provinciana; una izquierda ilustrada, no burdamente romántica; una izquierda proyectada imaginativamente hacia un futuro, no obsesionada estérilmente con el pasado; una izquierda patriótica, no nacionalista; una izquierda liberal, no dogmática y sectaria. Una izquierda operativa, trabajadora, seria, capaz de proponer soluciones a los problemas y no ficciones que apelen a las virtus dormitiva de credos ideológicos fosilizados. Una izquierda, en fin, que valore a las personas por su valía, capacitación y esfuerzo y no por su pertenencia geográfica o su condición sexual. A algunos ingenuos aún nos parece que podría ser posible algo así de necesario, aunque viendo el paisaje que ha quedado después de la batalla quepa ser un tanto escéptico al respecto.

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