La crónica económica

Joaquín Aurioles

Hay que prohibir los precios

EN el mayo francés del 68, el camino hacia la felicidad pasaba por la libertad. Han transcurrido 40 años y las cosas han cambiado bastante, hasta el punto de que la doctrina actual más bien apunta en la dirección de que la verdadera libertad exige prohibir y castigar. Es algo así como el punto culminante del ejercicio del poder, y no sólo del terrenal, que tradicionalmente han ejercido políticos y militares, sino también del celestial, puesto que la vía de la coacción y la atribución a Satanás de las desviaciones de conducta ha sido la preferida por todo tipo de sectas y confesiones para someter a sus feligreses.

A partir de aquí, prohibir fumar o invadir países es sólo el resultado de la legitimidad de la que se invisten los estados para definir el concepto de felicidad colectiva. En economía, el mecanismo se llama intervención y seguramente ninguna comparable, en términos de satisfacción vinculada al ejercicio del poder, con la posibilidad de controlar los precios en tiempos de crisis. El tema puede justificarse en mercados de bienes básicos o estratégicos, y cuando la oferta está tan concentrada que resulta evidente el riesgo de situaciones de abuso en materia de precios y condiciones de producción. Es el caso del regulador público en el mercado de la electricidad o las telecomunicaciones, aunque a veces también se justifica en el caso de algunos suministros básicos, como ocurría con el trigo y el cereal en general hace algún tiempo, o incluso con otros servicios menos básicos, como el turismo.

En estos tiempos de crisis de alimentos, algunos gobiernos están sucumbiendo a la tentación de regular el precio y el comercio de los más básicos, aunque lo más sorprendente es que algunos países centroeuropeos se han visto obligados a prohibir la práctica de algunas cadenas de distribución que, como reclamo comercial, ofertan frutas, especialmente cítricos, a precios inferiores a los de adquisición. La medida se justifica por las tensiones que se generan con los establecimientos especializados, pero sobre todo por el hundimiento del precio en origen de los cítricos y el perjuicio para los agricultores.

Pero si hay algún producto particularmente simbólico en tiempos de crisis, es el petróleo. En España se anuncian movilizaciones similares a las de hace un par de años, cuando transportistas, pescadores y agricultores consiguieron rentabilizar su indiscutible capacidad de conflicto para conseguir compensaciones administrativas nada despreciables. En Francia, Sarkozy ha tomado la delantera y, a sabiendas de que el resto de la Unión Europea no va a consentirlo, ha lanzado el órdago de proponer la suspensión temporal del IVA que grava a la gasolina. Según el presidente francés, la medida ayudará a sobrellevar la crisis a las economías más modestas, aunque las reacciones no se han hecho esperar y se advierte que no serán los más pobres los beneficiados, sino los principales consumidores, y que si alguna lógica económica hay detrás de unos precios tan elevados es la de provocar una reasignación eficiente de los recursos, es decir, incentivar la sustitución de los que se encarecen por otros más baratos.

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