la tribuna

Ricardo García Pérez

Una promesa imprescindible

HOY, miembros del Patronato de Unicef España firmamos este texto en distintos medios de comunicación porque queremos llamar la atención sobre la mortalidad infantil, una problemática inaceptable en este siglo y que tiene una solución fácil: la apuesta continuada por el desarrollo.

Es esa promesa a largo plazo la que ha conseguido durante las dos últimas décadas grandes logros en la lucha por derechos básicos como la supervivencia infantil. Unicef acaba de hacer públicos nuevos datos que muestran que el número de niños que han muerto por causas evitables antes de su quinto cumpleaños se ha reducido en un 41% de 1990 a 2011. Sólo el trabajo en desarrollo, día a día, año a año, basado en programas a largo plazo, consigue estos resultados.

Este balance de mortalidad infantil es un éxito sin precedentes, pero un éxito inacabado que se tiñe de fracaso si recordamos que todavía son 19.000 los niños que mueren cada día por neumonía, diarrea, complicaciones derivadas de la desnutrición, malaria y otras enfermedades que son prevenibles.

En todos los países se pone de manifiesto que priorizar la inversión en supervivencia infantil se traduce en millones de vidas salvadas y en beneficios a medio y largo plazo para las sociedades, porque la apuesta por el desarrollo supone sentar las bases para generar recursos e infraestructuras y para cambiar costumbres que mejoran las condiciones de vida de las personas.

Si nos adentramos en la letra pequeña descubrimos historias muy diversas, con un problema de fondo: la falta de equidad, la injusta desigualdad de oportunidades marcada por el lugar de nacimiento. En definitiva, las posibilidades que un niño tiene de sobrevivir son totalmente distintas dependiendo del país donde haya nacido, y dentro del mismo país en función de la región, el barrio o el nivel de educación de sus padres. Este hecho, además de ser una violación de la Convención sobre los Derechos del Niño, es evitable.

La buena noticia es que en este siglo, por primera vez en la historia, disponemos de los conocimientos, herramientas, tratamientos y tecnología que permiten salvar millones de vidas cada año a un coste muy bajo, y rentable en términos económicos.

La mayoría de las muertes infantiles ocurren durante los primeros meses de vida y las posibilidades de un niño de sobrevivir aumentan exponencialmente si su madre goza de buena salud. Además, factores como las vacunas y los antibióticos, la asistencia en el parto o el tratamiento básico para evitar la deshidratación por diarrea son esenciales para avanzar en esta lucha.

Pero no basta con intervenciones sanitarias. Gestos cotidianos como el lavado de manos o la lactancia materna son fundamentales para conseguir estos resultados, así como lo es la educación: cada año de escolarización de una mujer reduce las probabilidades de muerte de sus hijos en un 10%. Estos cambios solo son posibles si mantenemos la promesa imprescindible del trabajo por el desarrollo.

Podemos y debemos reducir las muertes infantiles de forma radical; lo dicen con fuerza los resultados probados.

Lo que hace falta es un esfuerzo concertado para asegurar que todos los niños, independientemente de su lugar de nacimiento, pueden vivir y desarrollarse.

Por este motivo, hemos puesto en marcha la iniciativa mundial Una promesa renovada, un llamamiento a gobiernos, organizaciones sociales y religiosas, sector privado y ciudadanos, para que todos nos unamos en torno al objetivo de dar a cada niño el mejor comienzo posible en la vida.

Son ya muchos los gobiernos que se han comprometido, incluido el español. También centenares de organizaciones sociales y religiosas. En unos días arranca la Asamblea General de Naciones Unidas y esperamos que allí, uno tras otro, los gobiernos del mundo aprovechen la tribuna para ratificar y materializar este compromiso. El mensaje debe ser rotundo: ninguna crisis justifica la muerte de un solo niño, la apuesta por el desarrollo no tiene marcha atrás.

Estamos ante una oportunidad única, en base a lo aprendido y conseguido en los últimos 21 años. Todos tenemos un papel que jugar para que los derechos de todos los niños se hagan realidad. No perdamos la oportunidad de construir un mundo en el que nuestros hijos y nietos estudien la mortalidad infantil como algo inexplicable que ocurría en un pasado desconocido para ellos. Tenemos la oportunidad de contarles que fuimos parte de ese éxito.

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