Postrimerías

Ignacio F. / Garmendia

La protesta humana

NO es que no haya razones para el descontento, pero por su propia intensidad la indignación es un estado que no cabe prolongar indefinidamente, a menos que queramos convertirnos en uno de esos personajes sombríos que sólo encuentran sosiego en la desdicha. Se puede estar enfadado con cierta frecuencia, pero no, por así decirlo, a tiempo completo, aunque sólo sea por no amargarle la vida al prójimo que nos soporta. Trasladada al ámbito de la política o de las demandas sociales, pero también a otros como las relaciones afectivas, las comunidades de vecinos o el submundo de la literatura, la actitud permanentemente quejosa encubre a menudo una disposición que, lejos de ser solidaria, responde al clásico qué hay de lo mío.

Leyendo los artículos de juventud de Camba, que ya de muchacho era grande, tuvimos noticia de un periódico anarquista argentino de nombre maravilloso, La protesta humana, acuñación perfectamente aplicable a esos adictos al agravio que necesitan sentirse maltratados para estar en su salsa, sea por los abusos del capital o por los desaires de una cuñada. Luego, cuando se trata de manifestarse en público, hay protestas que se ganan la simpatía de los individualistas más encallecidos y otras, lógicamente impopulares, que nos dejan perplejos o con ganas de que los agentes saquen la porra. Entre las segundas, por poner ejemplos claros, estuvo la huelga de los pilotos o aquella famosa de los controladores aéreos, a quienes era grato imaginar vestidos con monos naranjas y encerrados en celdas al raso. También, aunque más inocuas, hay las recurrentes de los bomberos en calzoncillos, las de los policías locales -que por lo menos dejan de recaudar cuando se echan al monte- o las de otros empleados que no tienen, hasta donde uno sabe, condiciones de trabajo especialmente indignas.

Son los que llamaríamos rebeldes sin causa, aunque ni se trata de rebeldes -acabáramos- ni es cierto que no puedan aducir sus motivos, difíciles de compartir por los ciudadanos ajenos al gremio. Se ponga como se ponga, un señor dando voces por un megáfono -así posea la labia de un Demóstenes redivivo- no puede persuadir a nadie de nada. Puede, eso sí, molestar, objetivo más modesto y asequible pero por desgracia indiscriminado. Años luz separan las históricas reivindicaciones del cuarto estado de las exigencias personalizadas que suelen reclamar, atendiendo a sus intereses corporativos, los profesionales de la vuvuzela.

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