El Currinche

Iñigo Ybarra

¡Esa puerta!

LAS caras de congestión vistas días pasados por Sevilla fueron un espectáculo. El frío es al sevillano lo que las escamas al arenque o las plumas al gorrión, es decir, elemento inherente a la especie. Da igual vivir en La Barzola, el Porvenir o los Remedios, nacemos con una carga heladora bien definida en los genes, y luego, con los años, la acrecentamos hasta lograr que una buena pulmonía nos mande directos al hoyo. ¡Nos encanta ir por la vida dando tiritones! Así se explica que tras hacer un mandado en Madrid regresemos maldiciendo las calefacciones de la capital. Aquí, con el calentador de una resistencia vamos sobrados.

Y por lo visto el frío es tan adictivo como la nicotina, cada invierno se necesita un poquito más. Por ello, no contento con el despachado en su casa, el sevillano va en busca del más cortante dispuesto en los bares. Una buena tasca, de las que conservan con mimo exquisito a sus parroquianos en el punto exacto de repeluzno, es nuestro ideal de felicidad. Ese local que en diciembre tiene las puertas abiertas de par en par, la barra de aluminio húmeda por el continuo paso de la bayeta y la cerveza a menos cuatro grados centígrados, es para el sevillano lo que Embassy para el madrileño, el colmo de la dicha social. Si encima da a un callejón sombrío orientado al norte, mejor que mejor, en esos, sin sobresalto alguno, es una delicia sentir la congelación de los pies en tanto se observa al camarero sacar vasos escarchados de la nevera. Antiguamente las cantinas de la calle Sierpes no tenían puertas, no las necesitaban al mantenerse los establecimientos abiertos las veinticuatro horas del día, las actuales deben añorar esos tiempos y no las cierran en su memoria.

Pero hay excepciones. Existía hasta hace poco una céntrica taberna que solía tener las puertas cerradas; en invierno se estaba muy calentito en ella. Entre su distinguida clientela era fácil encontrar a los personajes más averiados de Sevilla, vamos, a lo mejorcito de cada casa sin distinción de edad, condición social o estado civil. Una noche endiabladamente calurosa de verano, manteniendo el establecimiento una temperatura homologada de cuarenta y cinco grados centígrados, a un sudoroso neófito se le ocurrió dejar abierta una de las puertas. Al instante, desde el fondo del local, alguien lanzó un grito desgarrador: "¡Por Dios, esa puerta, que se va el calor!".

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