En tránsito

eduardo / jordá

Un puesto de pescado

NADIE está libre de decir tonterías si le pillan en un día malo (algunos, entre los que me incluyo, ni siquiera nos libramos cuando nos pillan en un día bueno). El caso es que el pensador Félix de Azúa, una de las mejores cabezas que tenemos en este país -léanse sus ensayos sobre arte-, ha soltado un exabrupto contra la alcaldesa Ada Colau que ha puesto en pie de guerra a todos esos profesionales del agravio que andan sueltos por ahí. La frase de Azúa -"Ada Colau debería estar trabajando en un puesto de pescado"- es una tontería y desprende un tono clasista que no me parece nada adecuado. Ahora bien, tampoco es como para escandalizarse como se ha escandalizado la gente que ha acusado a Azúa de ser una especie de neandertal machista y clasista.

Ada Colau, si no me traiciona la memoria, montó escraches contra representantes de los partidos que no le gustaban (ninguno independentista, por cierto), con la excusa de que esos partidos habían aprobado las leyes anti-desahucio. Sus malos modos políticos se fundaron muchas veces en el insulto y en la descalificación más vulgar, aunque fuera en nombre de los más desfavorecidos (ella, por cierto, cobraba por ello a través de una ONG, o sea que no hacía lo que hacía por vocación desinteresada ni por amor a los que iban a perder su casa, sino por un salario que no estaba nada mal). Y sus ideas políticas son tan rupestres como la propia descalificación de Azúa. Pero aun así es una idiotez acusarla de que su verdadero destino debería ser una pescadería. Una idiotez, repito.

Sobre todo porque cualquiera que haya visto cómo trabajan los pescaderos debería saber que hacen un trabajo admirable. Mi padre era cirujano y le he visto operar alguna vez, y lo que he visto en las pescaderías se parece mucho al trabajo en un quirófano: destreza manual, paciencia, atención extrema, amor al trabajo. En España tenemos un viejo prejuicio contra el trabajo manual, herencia de nuestra odiosa tradición de hidalgos y de pícaros, y eso nos lleva a despreciar actividades que muchos de nosotros no sabríamos hacer de ninguna manera. Ojalá la mayoría de políticos y pensadores hicieran su trabajo con la misma dedicación con que hacen su trabajo las pescaderas (y los pescaderos, añado). Y ojalá nos dejáramos de insultos y de tonterías y nos dedicásemos a cosas más importantes. Nos hace mucha falta.

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