Cambio de sentido

La punta de la lengua

En su palabrizal, Chiquito de la Calzada evocó el don de reírnos de tanta palabrería con un "¡Norrl!"

En un principio fue el verbo. Pero me da a mí que no fue Dios quien creó el mundo nombrando uno por uno las cosas y los seres. Tampoco Adán. En vista del percal y de la "construcción del relato" -ahora se dice así- del mismo, empiezo a sospechar que este mundo lo construye día a día, con su lengua gorda y espesa, el tal Caín. A ver si no de dónde sale tanta inflación del lenguaje, tanta ferralla verbal, tantas palabras mancilladas, deshuesadas, estiradas. Preferimos explosionar a explotar, regularizar a regular, invertir tiempo a echar el rato y gestionar las emociones a querernos despacito como solíamos. Pase que el poder -económico y político, es lo mismo- y sus voceros (prescriptores, influencers, expertos en naming, locas del trending, pedantones al paño y otros chamanes de la tribu) acuñen palabras iniciáticas y hablen el idioma del Imperio, ostentando así toda su "distancia comunicativa". Pero me llevan los demonios cuando esa verborrea pasa a la calle. "Darete el dulce fruto sazonado del peral en la rama ponderosa", decía Antonio Machado que decía un fulano. "¿Quieres decir que me darás una pera?", le respondía el otro. "¡Claro!".

Porque no es inocente la actual descalcificación del lenguaje, mal vamos si, en vez de escribir mojando la pluma en la lengua viva, comenzamos a hablarnos en la calle como si escribiéramos en papel timbrado. ¡Cómo han proliferado las doctoras y peritos de barra! En el discurso apretado de palabrería y constructos hueros, que aturde con su falso logicismo, no entra el aire ni la deriva. Quienes repican ese lenguaje tratan de acoquinar a quienes hablan con divina sencillez. "Yo no sé explicarme con palabras redondas", se disculpa la vieja -a la que da gloria oír-, cuando lo que debiera soltarnos es un "¡Qué hablas!", en cuanto se nos pone voz de folleto.

Ante tanta farfolla ideológica e idiomática, una de las mejores respuestas está en tener a punto en la punta de la lengua el galimatías, el absurdo, el balbuceo, el lenguaje extremado; en morder las palabras para ver si son falsas; en limpiar el lenguaje por el mismo procedimiento por el que fue ensuciado: desmontándolo, nombrando -ahora sí, como adanes, como evas- las cosas de nuevo. Por eso queríamos tanto a Chiquito de la Calzada, físicamente, moralmente, diplomáticamente. A él y a su lengua al filo. Con sus palabrizales, en su "no saber sabiendo", nos recordó la capacidad de rebelarnos con un "¿Cómorr? Apitican, apiticandemorenau, ¡Norrl!".

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