La tribuna

Manuel Bustos Rodríguez

El puzle político

ANTONIO Machado se refería, en uno de sus versos más citados, a la España que bosteza. Y esa es la sensación que se tiene hoy al observar la conducta de la mayor parte de nuestros conciudadanos, en contraste con unas minorías muy activas que tienden a imponerse, aprovechando la razonable desidia que todo lo embarga. Escribo razonable porque ante el panorama actual de prolongación exagerada de los contenciosos y de las dificultades para cambiar su sino, salvo que se esté en las oficinas del poder o en sus aledaños, la actitud mayoritaria es de cansancio de la política y de los políticos. La corrupción es como una ciénaga, que colabora aún más al bostezo, la indolencia generalizada y a ahondar el desdén y el aburrimiento.

Ya no es ninguna novedad, pero asistimos a un panorama ciertamente preocupante: un puzle de piezas cada vez más difíciles de encajar. Comenzando por lo general: el paraguas europeo que nos cobija parece ser más frágil que el de hace apenas unas décadas. El esfuerzo siempre difícil hacia la convergencia lleva tiempo sin avanzar. Más aún, como si se tratara de un circo, a la Unión parecen crecerle por todas partes los enanos. Afloran los nacionalismos de nuevo y aumenta el número de los euroescépticos. Los acuerdos (así, el relativo a los refugiados) terminan haciendo aguas, por la desobediencia o el temor de algunos de sus miembros. Y cada día que pasa crece el desinterés entre los europeos, así como la sensación de la inviabilidad de una Europa unida, a costa de las singularidades y las autonomías históricas. ¿Es posible una sola Europa con socios tan diversos dentro? ¿Qué fórmula utilizar?

El escenario hispano no es más halagüeño. El asunto de las coaliciones terminará resolviéndose; entre tanto sirve para dar tema a los contertulios de los diferentes medios. Los verdaderos problemas son más profundos. Además de la consolidación o no de la mejoría económica, continúa su curso el proceso de desvertebración del país. Los separatistas encuentran un terreno abonado en un Estado débil como el nuestro y una opinión pública indiferente. Saben que ahora es un momento perfecto para avanzar en sus propósitos. Y se animan unos a otros. Saben igualmente que los partidos clásicos están divididos; no hay entre ellos un proyecto común para España. Que algunos, incluso, apoyarían su propósito secesionista. El patriotismo, a diferencia de lo que ocurre en otros países, está bajo mínimos, siendo mayor la tendencia a reforzar los vínculos regionales (bandera e himno propio, obligatoriedad de la lengua regional, adelgazamiento del Estado y paralelo aumento de las prerrogativas autonómicas, etcétera). En cambio, los elementos de cohesión están prácticamente desaparecidos. De este lado el contrapeso es muy pobre, reduciéndose a corear los éxitos de la Selección Española de Fútbol.

La irrupción del populismo es bien conocida. No es un fenómeno exclusivamente español, pero, a diferencia de otros países, en el nuestro tiene un sesgo marcadamente izquierdoso y, a falta de una derecha conservadora que defienda una cosmovisión diferente, sin ninguna agrupación política que amortigüe su avance. Así, la única fuerza capaz de recoger el descontento existente es él mismo, lo cual impulsa su crecimiento, a pesar de sus contradicciones y de los riesgos. Los buenistas se sienten atraídos por su crítica al Poder y su aparente defensa de los intereses de los marginados. Sin embargo, la idea corriente es que llegará el momento en que su ascenso ha de parar, aunque no sea obvio por la dirección que han tomado las tendencias culturales y sociales dominantes, y por la misma forma de actuar políticamente dicha fuerza.

En un tiempo falto de líderes con fuste, nos encontramos en España con una aurea mediócritas, heredera de un tiempo de convicciones gaseosas, pragmática, de formación escasa y moral de situación.

Mientras las cosas se complican, sólo una ciudadanía dispuesta a sobrevivir a toda costa, vacunada por los profundos cambios experimentados, sin grandes ideales extemporáneos; un tanto indolora y secuestrada por el día a día con sus rutinas necesarias, puede seguir restándole hierro a la situación. Siempre, claro está, que las cosas no se compliquen en exceso y terminen salpicándole. Sólo entonces habrá llegado el tiempo, para ella y para todos nosotros, del llanto y el crujir de dientes. Mientras viene el momento, ¿para qué pagamos a los políticos? ¡Que se entiendan!

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