la ciudad y los días

Carlos Colón

De quejas, zapatos y cordones

VUELVO a lo de ayer y anteayer. Porque, por desgracia, será lo de mañana y lo de pasado mañana. La niña salvajemente atacada en Utrera. El bebé arrojado al Ebro en Logroño. La batalla entre gitanos y nigerianos en Palma de Mallorca. Sin educación y control la libertad de las redes sociales es la del zorro en un gallinero: ventajosa para él y mortal para las gallinas. Sin los medios suficientes y las políticas necesarias para su integración, la inmigración es una condena a la explotación, un foco de problemas sociales explotados por los xenófobos, una forma de hipócrita egoísmo: apertura de fronteras y cierre de carteras, que entren todos y después se pudran… Los resultados de esta forma suprema de desigualdad que consiste en tratar igual a los desiguales y de esta solidaridad de boquilla los tenemos cada día en los periódicos.

No hay clasismo más excluyente que el cultural y educativo. No hay forma más brutal de segregación que hacer depender de la posición económica la calidad de la educación. No hay abismo mayor que el abierto por las desigualdades educativas. Porque con la educación lo que está en juego es la libertad del individuo que le permite gobernar su vida, asumiendo sus responsabilidades y afrontando las dificultades: su independencia frente a la manipulación, su posibilidad de elección, su capacidad crítica, su insumisión eficaz frente a las circunstancias adversas o las injusticias.

Escribía hace unos días Antoni Puigverd en La Vanguardia: "La indignación de hoy no es tan distinta de la cultura de la queja... La queja, incluso cuando está muy justificada, fomenta un vicio social muy peligroso: desresponsabiliza a la víctima. Puesto que el mal siempre procede del exterior o puesto que los malos siempre son los otros, uno no tiene ninguna responsabilidad sobre lo que pasa y debe limitarse a esperar que le resuelvan el embolado. (…) George Steiner nació con parálisis parcial de la mano derecha. Sus padres le ataban la mano izquierda a la silla para que aprendiera a escribir con la mano problemática. Le costó muchísimo, pero lo consiguió. Nunca le compraron calzado con cremallera: tardó un año en aprender a hacerse el nudo de los zapatos. (…) Steiner no se lamenta por la dureza de aquella educación. Al contrario: sostiene que le insufló alegría y esperanza. Nuestros jóvenes lo tenían todo. Los padres los mimaban, la sociedad los sobreprotegía. Ahora se lamentan. Si desean salir del pozo, ya pueden empezar a atarse los zapatos por su cuenta y riesgo...".

Muy cierto. Pero para atárselos, antes tienen que tener zapatos. Es decir, una educación exigente.

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