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Los quejicas sobrevalorados

ES mucho más fácil quejarse y protestar que solucionar y acordar (y tambien callarse, por pura prudencia). Bastantes problemas se solucionan sacudiendo el mantel y aireando lo que son simples migajas, pero la tendencia cómoda puede ser la de escaquearse de recoger la mesa, refunfuñando además en la huida.

De todas las cosas que están sobrevaloradas en estos tiempos la protesta (la protesta como expresión quejica) está demasiado alta en la bolsa de valores. Las redes sociales, con las que los dedos se deslizan como si fueran patinadores cabreados sobre hielo, provocan todos los días una densa humareda de malos rollos y reproches que se va retroalimentando entre respuestas, retuits y "me gusta". Sí, a la gente le gusta mucho un conflicto y por eso los conflictos dan sentido a los medios de comuniación. Gusta mucho un conflicto ajeno o un conflicto satélite donde además se pueda azuzar al otro. La inmediatez para replicar por twitter, whatasapp y otras terrazas virtuales genera un riesgo de acrecentar los malentendidos, los tontos problemas y las huecas polémicas. Lo que no se puede defender con razón, y sobre todo con calma, es mejor dejar correr. Y lo que no se puede solucionar arremangándonos o dando la cara (dando la cara de verdad), tampoco. No hay nada más tóxico que el murmullo a las espaldas y la réplica por lo bajini. No deberíamos fomentar y aún menos colaborar con estos envenenamientos.

Muchos asuntos se solucionan mejor con un comentario atinado, con la buena voluntad junto a un silencio o una sonrisa, y sobre todo haciendo, más que diciendo. Ya es cuestión individual ejercitarse en el optimismo y en la proactividad. Si uno va cambiando la protesta por la determinación y la solución, el entorno se van transformando de una manera más gradual, reconfortante y conseguiremos que no se nos vaya fácilmente de las manos.

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