La tribuna

Manuel Ramón Alarcón Caracuel

Yo quité los crucifijos

Con el permiso del lector, le voy a contar una pequeña peripecia personal. Cuando en 1994 me reincorporé a la Universidad de Sevilla, tras siete años de estancia en Barcelona, me sorprendió comprobar que las aulas de mi Facultad de Derecho seguían presididas por los mismos crucifijos que alguien colocó allí en 1956. Pregunté a algunos colegas si a nadie se le había ocurrido quitarlos en todo ese tiempo y me contestaron que no, precisando alguno de ellos: "Es que es mejor no meterse en líos".

Esa frase vino a mi mente cuando, al ser elegido decano de la Facultad a principios de 1998, me planteé que, casi veinte años después de promulgarse la Constitución, ya era hora de dar cumplimiento al principio de aconfesionalidad del Estado, en virtud del cual no parece que sea necesaria ninguna sofisticada argumentación jurídica para concluir que las aulas de una Universidad pública no pueden estar presididas por el símbolo de confesión religiosa alguna. Pero me preocupaba que se pudiera desencadenar en el seno de la Facultad algo así como una guerra de los crucifijos o que alguien pudiera interpretar el simple acatamiento de la Constitución como un ejercicio de cristofobia, como acaba de hacer el cardenal Cañizares a propósito de la ya famosa sentencia del juez de Valladolid ordenando quitar los crucifijos de un colegio público.

Esto de la cristofobia merece un breve comentario porque revela una ignorancia supina sobre el alma de la gente o, al menos, de muchas personas. En mi caso, sin ir más lejos, siempre he sentido una gran admiración por Jesucristo y algunas de sus frases las he procurado tener como guía de conducta, especialmente aquella de que "no se hizo el hombre para el sábado, sino el sábado para el hombre", genial compendio del pensamiento antiburocrático. Sucede, además, que los crucifijos de la Facultad de Derecho eran una reproducción -aunque en doble dimensión- nada menos que del Cristo de la Buena Muerte, lo que para un amante de la Semana Santa son palabras mayores.

Comprendo que el cardenal Cañizares no entienda que un ateo se exprese en estos términos -pues se trata de una particularidad antropológica muy sevillana y no fácil de explicar a los foráneos-, pero me parece preocupante que una persona de su rango y preparación no entienda que se pueden compartir determinados valores éticos entre personas religiosas y no religiosas, y que defender a rajatabla un principio tan antiguo como el de la separación de la Iglesia y el Estado, con todas sus derivaciones, no supone un ataque a la religión, sino un respeto a todas las personas: las creyentes en las diversas religiones y las no creyentes. Y lo peor es que esa manera tan aberrante de enfocar el asunto no es privativa del cardenal Cañizares, sino que parece estar bastante extendida en las altas esferas de la Iglesia Católica. Así, comentando el asunto de Valladolid, se podía leer en el diario del Vaticano, l'Osservatore romano, de hace unos días lo siguiente: "La invocación de los derechos de libertad se está transformando en España en un pretexto jurídico que enmascara un sentimiento de odio religioso y de cristofobia".

Y vuelvo a 1998. Para mí era evidente que quitar los crucifijos de las aulas era, simplemente, cumplir un imperativo constitucional y -si se le quería calificar extrajurídicamente- un ejercicio de antifranquismo póstumo: fue la Junta de Defensa Nacional franquista la que, mediante la Orden de 4 de septiembre de 1936 y otras posteriores, impuso el nacionalcatolicismo en las aulas. Pero, como digo, nada más lejos de mi intención que sembrar la discordia. De modo que hice partícipe de mis cavilaciones a un querido maestro -cuyo nombre no revelo, pues no le he pedido autorización para hacerlo- y éste me dijo: "Oye, ¿las paredes de las aulas no están un poco sucias? Pues ordena pintarlas y deposita los crucifijos en el almacén para que no se deterioren". Y añadió con sorna: "Supongo que no habrá que volver a colgarlos. Pero no olvides decir a los pintores que quiten las alcayatas". Así lo hice, y nadie formuló el más mínimo reparo. Al menos, no llegó a mis oídos.

Desde entonces siempre he pensado que aquello fue un acierto y he contado en alguna ocasión la anécdota para alabar la sagacidad de mi maestro. Pero hoy, viendo lo que está pasando con el mismo tema diez años después -es decir, a punto de celebrarse el treinta aniversario de la Constitución-, me pregunto si el deseo de ser prudentes lo único que sirve es para aplazar los enfrentamientos, pero no para evitarlos, y si no es hora ya de superar ese triste sino de -Brecht dixit- "tener que luchar por lo evidente". Quizás la ministra de Educación -que pretende descargar en los consejos escolares la responsabilidad sobre el tema- debería pensar en esto.

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