la ciudad y los días

Carlos Colón

La receta del infierno

HAY una forma más cruel de matar a una mujer que asesinarla: matar a su hijo ante ella y dejarla después padecer una muerte en vida. Es lo que ha hecho el tipo que durante una bronca con su pareja le arrebató su bebé de diez meses y lo tiró al Ebro. Ambos son rumanos, un frágil país de historia atormentada, pródigo en verdugos y víctimas, que en el último siglo padeció 70 años de horrores: de la fundación de la Guardia de Hierro por el fascista Codreanu en 1930 al fusilamiento del comunista Ceaucescu en 1989. Las víctimas en este caso son una madre de diecisiete años y su hijita de diez meses; el verdugo, el tipo con el que intentó rehacer su vida. Inmigración, desarraigo, maternidad precoz, inmadurez y una inimaginable crueldad tejen esta tristísima tragedia.

Ayer escribía sobre el internauta paleolítico que conoció a su víctima niña a través de Tuenti y la hirió gravemente con una piedra. Hoy lo hago sobre este suceso vinculado al anterior por producirse en una sociedad que se comporta como si viviera en el mejor de los mundos mientras económica, social y educativamente construye el peor. Las redes sociales y la inmigración suponen dos desafíos que exigen un enorme esfuerzo social, educativo e integrador. ¿Estamos en condiciones de proteger (autoridades y familia) a los menores de los peligros de las redes sociales y de adiestrarlos (educación) en su uso? ¿Estamos en condiciones de garantizar realmente y con medidas eficaces, no sólo con retórica bienintencionada y políticamente correcta, la integración de los inmigrantes; de reeducarlos si provienen de entornos histórica y culturalmente impregnados de formas de violencia desconocidas entre nosotros; de garantizarles sus derechos, el trabajo o la educación?

Sin vigilancia y con déficit educativo las redes sociales son una tela de araña. Sin control de la inmigración, garantía de trabajo digno para los inmigrantes y políticas de erradicación de la marginalidad, la indefensión de los más débiles toma los rostros de este bebé de diez meses y esta madre de diecisiete años. Mientras la multiculturalidad adquiere el feo rostro de la guerra entre gitanos y nigerianos de Son Gotleu, el barrio de Palma que resume todos los errores que conducen a estos horrores: mal construido en los 60 para acoger la inmigración nacional atraída por el boom turístico, hoy es un fondo de saco de marginación en el que el 38% del vecindario es de procedencia extracomunitaria y la concentración de población es de 380 personas por hectárea, frente a la media de 20 por hectárea del municipio de Palma. Sumen la droga y tendrán la receta del infierno.

Etiquetas

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios