Editorial

La reconversión del Auditorio

LA idea del gobierno municipal de destruir el Auditorio de la Isla de la Cartuja para construir en su lugar, sobre su solar, un pabellón polideportivo que permita acoger algunos de los partidos del Mundial de Baloncesto se enmarca dentro de las políticas sobre dotaciones públicas -en este caso deportivas- que han predominado en Sevilla en los últimos quince años. Antes incluso del periodo de gobierno de Alfredo Sánchez Monteseirín. Desde la etapa en la Alcaldía de Alejandro Rojas Marcos -inicios de los 90-, Sevilla se ha caracterizado por gastar buena parte de los fondos públicos disponibles en instalaciones concebidas sin tener en cuenta su reutilización posterior. Dotaciones de primer nivel que, sin embargo, no han servido, más allá de lo episódico o coyuntural, para que la calidad de vida de los ciudadanos mejore. El Estadio de la Isla de la Cartuja, que impulsó Rojas Marcos, pero que respaldaron tanto Soledad Becerril como el PSOE a través de la Junta de Andalucía, es el ejemplo máximo de esta tendencia. Un coste brutal -123 millones de euros- para un uso limitado al Mundial de Atletismo de 1999, algún que otro encuentro internacional y algunos conciertos de música. Demasiado dinero para tan escasa rentabilidad. Este equipamiento, en Sevilla, es desde el primer día sinónimo de despilfarro de los recursos públicos. Igual que también fue un despilfarro -en términos urbanos- la operación que Monteseirín, que tuvo en su mano la posibilidad de resucitar la idea del estadio único y arreglar lo que los andalucistas hicieron mal y sin sentido, acometió en 2003 para recalificar los estadios del Betis y el Sevilla. El Ayuntamiento regaló a ambas entidades privadas unas plusvalías urbanísticas calculadas entonces en 120 millones de euros. Una cifra similar a la del Estadio olímpico. ¿Cuál es la rentabilidad social de ambas recalificaciones? Salvo mejorar la salud financiera de dos sociedades anónimas particulares, ninguna. El alcalde desperdició la última oportunidad para mejorar los barrios de Nervión y Heliópolis y reutilizar el coliseo de la Cartuja, que se quedó sin sentido alguno tras consolidarse en sus estadios ambos equipos sevillanos. Dos ejemplos inexplicables de grandeur deportiva pagados por todos. Esperemos que no haya un tercero.

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