Editorial

La recuperación de San Telmo

LA Presidencia de la Junta de Andalucía volverá a ocupar a corto plazo, tras un periodo de rehabilitación que se ha prolongado durante más de cuatro años, el Palacio de San Telmo, quizás el edificio más representativo del barroco civil sevillano. La previsión es que las obras estén completamente terminadas a lo largo del presente mes de febrero, aunque la mudanza oficial puede dilatarse hasta el verano. En cualquier caso, el trabajo ya está hecho: el arquitecto Guillermo Vázquez Consuegra, profesional de reconocido prestigio dentro y fuera de Sevilla, se ha ocupado en este tiempo de dirigir la renovación de las tres cuartas partes del inmueble, que culmina la primera reforma desarrollada en 1992, cuando se recuperó la primera crujía y el elemento más conocido del palacio: su fachada. La rehabilitación de San Telmo, que volverá a acoger el símbolo de la institución que, junto al Parlamento, personifica la autonomía de Andalucía, constituye una excelente noticia, pues, al tiempo que devuelve en perfecto estado a la Junta un edificio representativo, permite a Sevilla recuperar una de sus joyas arquitectónicas. No es poco si se tiene en cuenta la cantidad de edificios singulares desaparecidos de la faz de la ciudad en los últimos cuarenta años. El coste de la reforma, que incluye una instalación artística firmada por Carmen Laffón, una de las pintoras figurativas más importantes de España, ha superado los 40 millones de euros. Una cifra que, aunque es superior a la que en principio se contempló, en comparación con otros grandes proyectos abordados en Sevilla en los últimos tiempos (el tranvía, la Encarnación) resulta bastante razonable para el beneficio obtenido. El patrimonio del nuevo San Telmo, donde la arquitectura contemporánea se funde intuitivamente con la larga herencia de un edificio que comenzó siendo Universidad de Mareantes y después funcionó como palacio ducal y seminario, debe ser un orgullo para los sevillanos. De ahí la conveniencia de abrirlo para que lo visiten los ciudadanos, igual que se hizo con el Hospital de las Cinco Llagas. Es la única forma de evitar los juicios políticos interesados, cuando no sencillamente demagógicos, y demostrar que dicha inversión beneficiará a todos.

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