La tribuna

Rafael Rodriguez Prieto

Una reforma para la Universidad

AUNQUE parezca increíble, la idea del alumno-cliente se refleja en la inagotable cantidad de circulares, reglamentos, decretos, etcétera, que se ha precipitado sobre nosotros. Ya tenemos constancia de que a las doce plagas de Egipto le quedaba la decimo tercera y por supuesto más temible: el desarrollo normativo de Bolonia y todos los papeles a rellenar. Porque ésa es otra. Hoy en día el profesor universitario tiene que cumplimentar decenas y decenas de formularios para dar cualquier paso. Pero todavía peor. Debe adaptarse a unos modelos de guías didácticas que amenazan la libertad de cátedra. Junto con todo esto, Bolonia abre la puerta para que se permita al profesor compatibilizar (por decir algo) la universidad con otra actividad más lucrativa. Error. La universidad debiera exigir al profesor exclusividad en su dedicación. ¿De verdad que queremos el tipo de profesor que jamás aparece por su universidad porque habitualmente está en una oficina o en otro centro privado?

La reforma debería hacer más ágil cualquier proceso. Por ejemplo, propiciar un solo modelo de currículum y simplificar la burocracia que Bolonia, considerablemente, incrementa. La gestión en la universidad debería simplificarse y reservarse, en su mayoría, al personal de administración y servicios.

Ahora todo son estadísticas y encuestas. La palabra mágica acuñada para justificar toda esta catarata de papeles es calidad. Toda una horda de profesionales de la calidad ha emergido en los últimos años. Competencias, capacidades, destrezas…Yo conozco universidades de primera categoría a nivel internacional que no tienen oficina de calidad y eso, ¡oh sorpresa!, no ha repercutido en su posición de privilegio. Pero también sé de algunas universidades privadas en América Latina dedicadas a ganar dinero produciendo egresados como churros que llevan todo este papeleo, incluso mejor que aquí ¿Queremos seguir ese último y notable ejemplo? Esta versión de la calidad depende de una obsesión cuantitativa empeñada en medir hasta lo más mínimo, mediante encuestas demasiado simplistas. Estas encuestas, que indiscriminadamente se usan para cualquier asignatura o nivel, evalúan elementos tan vagos como la amenidad o el uso de tecnologías e inciden en la labor docente de los profesores, especialmente de aquellos con menos estabilidad en su trabajo. Ya hay estudios que señalan que las encuestas se están convirtiendo en un instrumento de intercambio, en el que el alumno pone notas altas a los profesores bajo la promesa implícita de que el profesor será menos exigente en el momento del examen.

La reforma debiera entender por calidad algo distinto que el número de aprobados o el cumplimiento de unos requisitos burocráticos. La docencia debe ser innovadora y desarrollar mecanismos que estimulen la participación y reflexión crítica del alumnado. Pero también debe ser una educación que aporte conocimientos y nivel. El profesor debería ser un facilitador que estimule al alumno en el proceso de aprendizaje y no lo condene a ser un menor de edad universitario. La tan despreciada clase magistral no es la única vía de enseñar, pero tampoco es un instrumento que se deba desdeñar; un colega, y sin embargo amigo, me decía que las clases magistrales se citan y resumen libros que ayudan mucho al alumno en su comprensión de los contenidos de la asignatura. Pues eso.

Y es que los timoneles que dirigen nuestro Estado y envían a sus criaturas a universidades extranjeras o a colegios exclusivos de secundaria nos han confiado la patriótica tarea de estabular un buen número de PPP, es decir, Parados Potenciales Presentes, y así aligerar las estadísticas, que es lo que importa. Si Secundaria se está convirtiendo progresivamente en el lugar en que los padres dejan a sus hijos para que el profesor asuma toda la responsabilidad sobre su educación, la universidad va camino de algo parecido. No faltarán una amalgama de másters, cursos, especialidades, que puedan realizar los sufridos estudiantes a un precio siempre superior a las décadas anteriores. Bolonia incrementará los costes de la enseñanza para los estudiantes. En este sentido, ya hay oficinas de bancos (de un solo banco, por cierto), en los propios recintos universitarios, que como samaritanos catedralicios ofrecerán a los estudiantes préstamos a pagar en incómodos plazos. Abrir la puerta para que bancos y corporaciones amplíen su negocio o impongan los contenidos en los cursos de reciclaje, que prevé Bolonia, es un error. La universidad debe seguir funcionando con becas que incluso mejoren en su cantidad y cuantía, tal y como la Junta o el Estado han hecho en los últimos años. Ése es el camino a seguir.

La universidad española necesita reformas. De eso no cabe duda. Es imprescindible profundizar en su labor investigadora, mejorar su docencia y hacerla más cercana a la sociedad. Bolonia la empeora. Le transmite los peores vicios de las peores universidades privadas y ninguna de las virtudes de las mejores universidades de este tipo. ¿Qué pasa con el esfuerzo, la disciplina, la autoridad o la excelencia en la investigación y la docencia? No seamos antiguos. Hay que ser ameno, pero con calidad.

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