RELOJ DE SOL

Joaquín Pérez-Azaústre

El regresode Indy

ERA el héroe judío, el nuevo Salomón pasado por el filtro de Rick Blaine. Indiana Jones, esa mezcla explosiva de Doc Savage y de la tradición hebrea, era el pulso perdido de la Historia que el cine había invertido frente a Hitler. Las novelas de Doc Savage, que leyera en su infancia Caballero Bonald, sirvieron de modelo visual para la plasticidad del personaje, pero también los seriales radiofónicos de la RKO, tan vitales en la formación del director Alex de la Iglesia. Es imprescindible recrear el tejido del héroe para escribir un poemario como Descrédito del héroe, y por eso Caballero no sólo leía a Doc Savage, sino también los cómics del mago Mandrake o las aventuras interestelares del antiguo atleta norteamericano, luego convertido en aventurero galáctico, conocido en las praderas salvajes del planeta Mongo como Flash Gordon, El Libertador. Algo tiene, de todo este amasijo popular, el incombustible Indiana Jones: el prestigio cobrizo de Savage, el estilismo mágico de Mandrake y el dinamismo visual, deportivo y risueño de Flash Gordon, proyectado en nuestro imaginario, gracias al cine de aventuras canónico, en el eco primero de Errol Flynn.

Indiana Jones, en realidad, es El Libertador. No sólo por liberarnos, todavía, del tedio nebuloso de estos días, de la ausencia del cine de aventuras, de la aventura misma de la vida en esta turbamulta de internet, sino por encarnar, su pura esencia, al héroe que una vez hubiera deseado Spielberg para el pueblo, para su mismo pueblo, para los hijos de Judá. Cuenta Fernando Trueba que una vez le preguntó a Billy Wilder acerca de su fascinación por La lista de Schindler, porque el director de Sunset Boulevard la había visto cuatro veces. Wilder, que había perdido a su madre y a su abuela por el exterminio nazi, le respondió: "Fernando, hace más de medio siglo que perdí a mi madre. Y todos estos años he estado intentando encontrarla o saber algo de ella. Cada vez que veo esa película, la busco entre los extras". Steven Spielberg, después de tantos años, mientras ya calibraba en su interior la posibilidad de esta película, se imaginó un héroe con un punto de cinismo a lo canalla, muy Rick Blaine en Casablanca, pero también, al igual que Rick Blaine, con un deber moral hacia los hombres, entendido como verdad arqueológica. Así, todos los principales objetos con los que se cruzaría en su agitada vida serían el Arca de la Alianza, primero, y el Santo Cáliz, después, y en su búsqueda tendría que luchar, de forma encarnizada y decisiva, con sus enemigos alemanes. "Nazis", susurra en un plano de La última cruzada, "cómo los odio".

Spielberg ofrece un héroe al pueblo de Israel, pero también a la memoria múltiple; coincide este estreno con las propuestas arias del Gobierno italiano, y nosotros entramos en el cine.

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