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La revolución congelada

ES muy probable que Rubalcaba renuncie a seguir siendo la primera letra de la marca PSOE. Independientemente de las razones político-personales que le inclinen hacia el adiós, hay otras de puro sentido común: el candidato más cruelmente derrotado por el PP representa, igual que Rajoy, a la vieja guardia, ésa que considera perfecta la democracia representativa, la del motor que sólo necesita gasolina popular cada cuatro años. Conforme a esta lógica, Madina (1976) sería siempre mejor candidato que Chacón (1971) y López (1959), y lo sería sencillamente porque ha estado menos tiempo en contacto con el ejercicio tradicional del poder, aunque proceda de las mismas canteras ideológicas y orgánicas en las que se criaron los demás.

José Bono, el único ex ministro socialista que siempre ha parecido más del PP que de los suyos, acierta y yerra a la vez cuando aconseja a quienes manejan hoy las riendas que se olviden de los egos y las quinielas y se dediquen a pactar con el Gobierno para salir de la crisis. Acierta porque al ciudadano esas cosas le dan ya igual. Las encuestas retratan a los españoles como seres desencantados con sus gobernantes, cabreados con su país y aterrados con su futuro. Yerra porque esa misma gente, incapaz de traducir sus frustraciones en un movimiento diferente -a la manera, por ejemplo, del MS5 italiano, o del Partido Pirata islandés, o incluso, aunque sean veteranos en esto, de los Verdes alemanes-, necesita mensajes de optimismo y cambio incluso si proceden de uno de los grandes aparatos del poder ibérico.

Madina, o Chacón, o el delfín oculto en los fondos abisales y aún desconocido para todos demostrarían una inteligencia a la altura del cargo si fuesen capaces de lanzarse a la Presidencia del Ejecutivo con la regeneración por bandera. A menudo se concluye que esa purificación ha de consistir sólo en no robar o traficar con influencias, pero el mandato va mucho más allá, tal y como demuestran las dinámicas emergentes en otros países. La política debe despojarse del paternalismo, que no es más que una forma de dominación, y recomponerse como una vocación por el bien común donde cada acción, en tanto nacida de un dirigente, está sometida a la rendición de cuentas, la transparencia radical y la permeabilidad del votante, sujeto otrora pasivo pero inexorablemente activo en los próximos tiempos.

Dignificar y recomponer exige al fin y al cabo otra manera de pensar, una que se alimente de espíritus no tan suspicaces ni tan retorcidos, una que contraponga la pureza de los valores al alquitrán del cinismo. Los debates entre Azaña y Ortega demuestran que ese camino ya existió en España, como también ha existido en Europa (Capek y Masayrk) y en el resto del mundo (Mandela y Declerk). La pena es que aquí las transformaciones sean tan exasperantemente lentas. Un español tiende a dilatar su revolución hasta que el planeta está bien asentado en el siguiente peldaño de la Historia. Miren el contraste con esa Grecia en llamas. Aunque no mamen, ellos al menos luchan.

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