El poliedro

José Ignacio Rufino / Economia&empleo@grupojoly.com

La revolución pendiente, la de la banca

Las finanzas son esenciales para la vida económica, pero deben ser controladas con rapidez y firmeza

POCA gente niega que la causa original del desastre en curso es la falta de control sobre las actividades financieras. Esa falta de control ha generado dragones insaciables que han devorado patrimonios y empleos, y ha arruinado a muchos individuos, empresas y países. La rebelión latente se anestesia con prestaciones sociales aún en vigor, y también con las ayudas de los parientes y con el recurso a una economía degradada (o sumergida), aunque dicho cóctel sedante no va a durar siempre. No los descamisados, sino la nueva clase menguante -la todavía llamada clase media- no entiende que los grandes bancos sean cada vez más grandes, y que se los apuntale con miles de millones de euros por los gobiernos y por el Banco Central Europeo. Y que, a pesar de tales flotadores -negados a unos presupuestos públicos que jibarizan sus objetivos sociales-, no se haya forzado a los bancos a hacer su función social: dar crédito. Tampoco se entiende que no haya un solo financiero, bróker, banquero o similar que esté a la sombra con traje de rayas. Menos aun se puede comprender que las retribuciones fijas y variables de bancarios de alto nivel no se hayan visto mermadas. Lamentable resulta a ojos del pagano y el entendido que los juegos de fusiones entre nuestros bancos y cajas hayan producido nuevos blindajes millonarios por parte de quienes han ganado su batalla (el final de la guerra y el reparto territorial final del mapa de la banca española es inminente), y se van a ir calentitos suceda lo que suceda: la tecnocracia que mira primero por su casa, y luego -puede- por la empresa que le paga. Es éste el auténtico cáncer del capitalismo corporativo. Dice el dicho anglosajón que la banca cree en el capitalismo cuando se trata de embolsarse los beneficios, pero profesa la fe socialista cuando se trata de afrontar las pérdidas que su avidez o su negligencia provocan. Y sin embargo, demonizar hasta hundir a la banca es suicida.

Nunca ha sido muy digno el negocio bancario según la opinión de la gente. Jesús expulsó a los cambistas del templo de su Padre. Mahoma prohibió la usura, una forma de odio a sus hermanos judíos que se reprodujo a lo largo y ancho del planeta. Los prestamistas acaparan papeles despreciables en la literatura y la ópera. El cine de la meca financiera, Estados Unidos, produjo y sigue produciendo películas de codiciosos personajes de Wall Street, cuyo negocio es ajeno a ninguna creación de riqueza material, más que accidentalmente: "La codicia es buena; la codicia clarifica, penetra y captura la esencia del espíritu evolutivo", le decía Michael Douglas a su embobada audiencia en la película de Oliver Stone. Obama tiene menos poder que el presidente de Goldman Sachs, igual que Zapatero bebía en la mano de Botín (que parece erigirse como banquero del Gobierno de Rajoy también, por delante de Francisco González).

Con todo y con eso, sin lubricante financiero no puede existir economía ni empleo, más allá de respetables o pintorescas experiencias localistas. Ninguna economía desarrollada ha prescindido de las finanzas esencialmente libres, y lo contrario es igualmente cierto. Pero la dejación de funciones de los gobiernos y las redes gubernativas internacionales -el G-20 de las fotitos de familia- con respecto a la actividad financiera debe ser superada. Cuando los signos de burbuja y exceso eran evidentes, pensamos: "Esta vez no es así". Sabíamos de absurdos productos financieros y preferimos pensar que daban liquidez al sistema o, en todo caso, que no los comprendíamos por nuestra cortedad. Y eran un timo. Los intentos de Sarkozy por imponer una tasa de control a las operaciones financieras son acalladas. Simple y llanamente porque los políticos gobernantes están en manos de la banca. La verdadera revolución pendiente es meter en vereda al sistema financiero.

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