palabra en el tiempo

Alejandro V. García

Qué ricos

TENGO la impresión de que los ricos españoles están callados pero contentos. Se creen a salvo, pues entre lo que dice Rubalcaba y el silencio de Rajoy distan unas elecciones que en apariencia ya tienen ganador. Han hablado algunos potentados extranjeros que se han ofrecido voluntariamente a incrementar sus tributos, pero los ricos patrios, los cogotudos peninsulares, como dicen en Latinoamérica, permanecen con los labios apretados y pinzándose la nariz entre las paredes blindadas de las cajas fuertes o sumergidos en un baño de burbujas. Rubalcaba fue ayer directamente al grano y dijo que tocará los impuestos de los grandes patrimonios y por supuesto a los bancos. Y con los 2.500 millones resultantes promocionará el empleo entre los jóvenes. A la hora en que escribo estas líneas ningún rico se ha dado por aludido ni ha contraatacado. Tampoco es previsible que replique en los próximos días ni en las próximas semanas. No van a decir esta boca es mía en al menos una legislatura. Los ricos son como los cadáveres: se pudren de dinero en silencio y nada, ni siquiera las sordas amenazas que llueven en el exterior alteran su labor metódica de próspera putrefacción.

Igual entienden que no va con ellos, que los ricos a quienes se refieren los socialistas son simples alegorías electorales que sacan o quitan dependiendo de la época. Quizá no les falta razón. Los ricos de los que ahora habla Rubalcaba, por ejemplo, no han sido mencionados en siete años de gobierno socialista. Han pagado, igual que los bancos, unos impuestos que ahora de repente nos parecen exiguos. 2.500 millones de euros por siete años de presión fiscal hubieran supuesto para el Estado una cantidad nada desdeñable, pero ningún socialista planteó apretar las tenazas. José Blanco, hace sólo una semana, dijo que ya no había tiempo para crear un impuesto a los ricos. ¿Por qué no un impuesto exprés igual que una reforma exprés de la Constitución?

Yo tengo mi propia teoría. El PSOE no cree en los ricos o, mejor, sólo cree en los ricos simbólicos y rellenos de serrín que saca, como si fueran fantoches, en las promociones electorales. Ricos de esparto que asienten en silencio frente los bravuconeos (estériles) de quienes anuncian que si ganan (ahora que probablemente no van a ganar) van tocarles la bolsa con impuestos ecuánimes. Mientras, los ricos de verdad consumen el tiempo en remotas mansiones de lujo jugando a despiojarse los unos a los otros.

Bertoldt Brecht nos legó esta bonita frase que Ricardo Piglia colocó en el frontispicio de Plata quemada: "¿Qué es asaltar un banco al lado de fundarlo?". ¿Qué es aumentar los impuestos a los ricos al lado de consagrar en la Constitución por los siglos de los siglos una línea maestra que permite desmantelar los beneficios sociales acumulados?

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