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Rafael / Padilla

Somos los ricos

MEDIA vida envidiando la prosperidad del norte y ahora resulta que no, que los ricos somos nosotros. El hallazgo se lo debemos al Banco Central Europeo que, a falta -se deduce- de preocupaciones más urgentes, acaba de publicar un estudio sobre el patrimonio de los europeos. De sus datos resulta, en resumen, que el español medio es, por citar dos ejemplos asombrosos, un 50% más rico que el alemán y un 71% más que el holandés.

El panorama así descrito, además de incrementar mis reparos a la ciencia estadística, me sugiere algunas reflexiones. Se refiere la primera a su oportunidad: en una coyuntura como la presente, en la que los países del sur claman la solidaridad de los del norte, debe ser, para éstos, francamente tranquilizadora la sugerencia de que quizás las cosas no son como las pintan y que, a lo peor, están haciendo el primo. Como comprenderán aportaciones como la que examinamos, tan objetivas y tan comprobables en la práctica, ayudan mucho a la colaboración y a la asistencia mutua de todos los miembros del club europeo.

La segunda, menos irónica, gira en tormo a la propia fiabilidad de los números: ya tiene su gracia que el cálculo se haga con cifras de 2008, justo en la antesala del estallido de la burbuja inmobiliaria. Si el componente básico de tan increíble conclusión es que los españoles tienden a poseer sus viviendas en propiedad, al menos, por vergüenza torera, valórense éstas a su precio actual. No puede ignorarse sin culpa la severa depreciación de los activos inmobiliarios en los últimos cinco años, como tampoco obviar la dificilísima realización que tienen hoy.

Apunta la tercera a la otra cara de la moneda: si la comparación se realiza sobre elementos como la participación en fondos de inversión o en planes de pensiones privados, en los que claramente salimos perdiendo, descubrimos que nos están ofreciendo una foto fija, trucada y vieja, maliciosamente desenfocada en aras de lo que les conviene.

Si el BCE quiere hacer política que la haga. Pero ni muerto me va a convencer de que aquí hay más abundancia que allí: me bastan mis ojos para desbaratar tamaña falacia. Miren, comprendo que estén hartos de nosotros. Entendería, incluso, que se desentendieran de nuestro futuro. Pero, con el hambre y las fatigas que estamos pasando, el que se atrevan a llamarnos afortunados me parece una broma de pésimo gusto, una excusa de cínico, que ofende y se carcajea de nuestras evidentes desgracias.

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