Visto y oído

Antonio Sempere

La otra roja

A L HAMBRA significa la roja. En alusión al color del terreno en que está ubicada. Así lo explicaba Juan Carlos Ortega al principio de La mitad invisible en la entrega dedicada a este monumento. Un lugar para ser vivido, no para ser visitado. De ahí la paradoja y la contradicción al conocerlo a vista de pájaro, cámara digital en mano, y en compañía de otros cientos de turistas.

Pero no es de la Alhambra de lo que quería hablar, sino de los programas culturales que emite por las tardes con regularidad la televisión pública. O más bien de la ausencia de crítica hacia ellos. Está claro que la televisión se asocia a entretenimiento. A ficción y a realitys, a concursos y hasta a informativos, que también entretienen lo suyo. Los críticos y comentaristas se abstienen de aludir a los formatos culturales. Tal y como está el panorama, cuestionarlos sería de muy mal gusto.

Sin embargo, en mi humilde opinión, este silencio tampoco es bueno. Curiosamente, los nuevos formatos que acoge La 2 en formato vespertino se pueden ver, a la carta, antes de que se emitan. Pues bien, a pesar de la facilidad con que cuenta el crítico, no he leído comentarios sobre Programa de mano, Nostromo, Inquietos, por no hablar de Sinapsis, cuya entrega dedicada a la perrita Leika podría ser pieza de culto caso de haberse estrenado con rango de película en un festival como el de Sitges.

Echo de menos estos comentarios. Echo de menos que los firmantes se pronuncien, si no a favor o en contra, que tampoco se trata de eso, sí elevando la voz. Porque el ninguneo, el silencio, ese tupido velo que se cierne sobre ellos, es muy preocupante. Lo que no genera eco, no existe.

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