La ciudad y los días

carlos / colón

Cuando ruge el turismo

VELADORES por aquí, veladores por allá; franquicias cutres y tiendas de recuerdos aún más cutres por aquí, franquicias cutres y tiendas de recuerdos aún más cutres por allá: como si los pajaritos de María Jesús y su acordeón fueran buitres que se estuvieran cebando, desde la Puerta de Jerez hasta la Campana y desde Santa María la Blanca hasta el Arenal, con el cadáver del centro histórico de Sevilla. Conscientes de que esta desdichada ciudad vive de exhibirse, las autoridades parecen encantadas de que Sevilla se entregue sin condiciones al turismo.

En una reciente entrevista el alcalde dijo al compañero Navarro Antolín: "La prioridad ha sido hacer de Sevilla una ciudad sensible. Y la búsqueda de oportunidades de empleo. Éste es el problema de la ciudad, no el de los veladores ni otros que son de gestión". Lo primero es lo primero, desde luego. Pero Sevilla no es Nueva York y a nuestros munícipes les debería dar tiempo, si tuvieran un mínimo de conciencia patrimonial, para abordar la intolerable degradación de lo que el alcalde llama "uno de los grandes escaparates de la ciudad". Mal vamos porque al definirlo como escaparate lo priva de vida, lo reduce a exhibirse y convierte a los vecinos en maniquíes.

No se trata solo de veladores, señor alcalde, sino de la muerte del centro histórico. Hace más de 60 años que la Unesco estudia los efectos devastadores del turismo de masas. Amsterdam, Venecia, Roma o Florencia intentan tomar medidas contra la depredación turística. Pero aquí nada se hace. ¡Si, como le recordaba Carlos Navarro, hasta han plantado una jaima con veladores ante el mismísimo Ayuntamiento!

Santa Cruz, por ejemplo, es un amable decorado turístico desde la reforma regionalista del 29 que obedecía, como la Exposición, al gran impulso dado al turismo por Primo de Rivera. Pero el barrio, siendo turístico, no se murió hasta fechas recientes. Viví en Santa Cruz entre 1964 y 1966. Y había vida. Volví a él en 1982. Y seguía habiendo vida. Vida significa ultramarinos, lecherías, papelerías, panaderías, fruterías, olor a guisos al mediodía, niños jugando en las plazas, unos pocos -¡pocos!- bares… Pero esta vida fue despareciendo hasta extinguirse a principios de este siglo. El corazón histórico de Sevilla no late. Y a todos los alcaldes, sean del PP o del PSOE, les da igual. Lo urgente les distrae de lo importante. Lo triste es que al final quedan por resolverse las dos cosas.

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