El periscopio

León Lasa

Del ruido y las nueces

Por nuestro carácter parrandero y el buen clima, nos echamos a la calle a consumir pero, eso sí, con el freno de mano echado.

ENTRAMOS, parece, de lleno dentro de esas fechas primaverales en las que, como un juego de la oca festivo y lúdico, se suceden los jolgorios de una u otra índole: ferias, fiestas religiosas, puentes de todo tipo... Hay quien, sabiamente, aprovecha estas jornadas para escapar de la rutina y obligaciones varias y, por ejemplo, se dedican a recorrer el Camino de Santiago en su versión costera. Alabados sean. Otros, más acomodaticios o apegados a lo que se ha dado en llamar "la zona de confort", deciden quedarse en casa y celebrar como buenamente se pueda esos días. No hacía casi ni un par de días cuando, recién terminada la Semana Santa, se sucedían las noticias aparentemente optimistas sobre esos parámetros que, según la moderna terminología financiera, nos indican que todo va como debe ir: las carreteras y autopistas acolapsadas, la ocupación hotelera rozando -en la costa y en el interior- el lleno absoluto, los restaurantes y bares de toda laya abarrotados... Pareciera que el mundo se fuera a acabar y hubiera que echarse a la calle a quemar las naves. Todo, como decimos, perfecto para el engranaje adecuado del sistema en el que vivimos: multitudes moviéndose de aquí para allá sin orden ni concierto, qué más da. "Es un signo de que lo de la recuperación económica va en serio; no ha habido una Semana Santa mejor desde el año 2007", he oído decir a algún tertuliano afín al gobierno en funciones.

Sin embargo, como ocurre con frecuencia, puede que, detrás del ruido, apenas haya nueces. Tengo la suerte de conocer a varios profesionales de la hostelería, de la restauración, y la respuesta dada por la mayoría es la misma: "Se llena todo, sí, pero el personal es reacio a gastar. Se mira el céntimo y una cerveza dura una eternidad". Es decir, por nuestro natural carácter parrandero y el clima del que gozamos, no hay alternativa que nos seduzca más que echarnos a la calle a nada que mejoren un poco las circunstancias; pero es verdad que lo hacemos, en general, con el freno de mano echado. La experiencia de años atrás ha sido dura: la mayoría de los puestos de trabajo creados -y que sirven para maquillar estadísticas- son precarios y ni siquiera mileuristas; ya no se tira de tarjeta con la facilidad de hace unos años; las familias siguen endeudadas y sus activos -pisos- no terminan de remontar... Es complicado, piensan algunos, que vuelvan realmente las nueces con este escenario si, además, tenemos en cuenta que las rentas del capital siguen superando -aunque parezca difícil de creer- a las rentas del trabajo, y aquél continúe estando en pocas manos. P.S.: Según los datos del INE conocidos esta semana, el pasado ejercicio correspondió a cada español una riqueza de 23.290 euros; por debajo todavía de los 24.274 de 2008. Aunque, además, muy desigualmente repartidos: en el País Vasco disfrutan de 30.459 euros per cápita; en Extremadura, de 16.166.

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