La tribuna

Ana M. Carmona Contreras

Mucho ruido y pocas nueces

Ala espera de su segunda edición, conviene comentar el primero de los grandes momentos deparados por esta campaña electoral: el debate televisivo entre Rodríguez Zapatero y Rajoy. Sus respectivos partidos, haciendo gala de un recelo recíproco en ningún momento disimulado, acabaron por imponer sus condiciones leoninas a un cara a cara claramente descafeinado desde el principio. Tantas cautelas y exigencias precedieron al magno acontecimiento que, al final, se plasmó en una sucesión de monólogos expuestos por ambos candidatos.

Perfectamente medidos los tiempos de intervención por un moderador que más bien parecía el presidente de un tribunal de oposiciones indicando a los participantes los temas a exponer y velando celosamente por el cumplimiento del tiempo asignado, hemos asistimos a un evento mediático en el que sus protagonistas evitaron cuidadosamente entrar en la contraposición de sus respectivas propuestas.

A la hora de valorar esta experiencia estoy de acuerdo con José Aguilar cuando se refiere a la botella medio llena. Bienvenido sea, por fin, un debate tras 15 años de ostracismo. Pero también es cierto que la salud democrática de nuestro sistema político sigue adoleciendo de la falta de la otra mitad, de ese desolador 50% vacío que debería estar ocupado por la confrontación dialéctica que es propia de los sistemas pluralistas. Los debates entablados entre los senadores demócratas Clinton y Obama en las primarias americanas ofrecen un excelente ejemplo en este sentido.

Tomando como punto de referencia tal experiencia (y siendo conscientes de las profundas diferencias existentes entre aquel proceso electoral y el que tiene lugar en España), reseñaremos algunos de sus aspectos más significativos. En primer lugar, destaca el hecho de la natural predisposición a este tipo de encuentros, puesto que ambos candidatos se han enfrentado desde el inicio de las primarias hasta ahora en 20 ocasiones. Igualmente, llama la atención el respeto demostrado hacia los medios televisivos, ya que ningún canal ha sido objeto de veto o exclusión. La diferente adscripción ideológica de los mismos no ha sido óbice para que el encuentro se produjera. Nadie ha pedido 'neutralidad' mediática: ni falta que hace, lo que hay que exigir a los medios es profesionalidad a la hora de plantear y conducir los debates, puesto que los protagonistas son los candidatos convocados para exponer sus ideas, no los medios a través de los que éstas fluyen.

Ahora bien, si hay un factor que interesa destacar especialmente es el formato que presentan estos encuentros: lejos del encorsetamiento detectado en España, los debates americanos se han caracterizado por una agilidad memorable, abocando a sus protagonistas a la efectiva confrontación no sólo de los puntos fundamentales de sus respectivos programas, sino también de los detalles más controvertidos de algunos de ellos (de forma destacada, sanidad y política exterior).

Por otra parte, en las antípodas del recelo partidista mostrado en nuestro país hacia los conductores de estos eventos, condenándolos a un papel meramente residual, en EE.UU. los debates han contado con un variado plantel de profesionales, los cuales han podido formular preguntas a los candidatos y han actuado efectivamente como moderadores en el proceso de intercambio de ideas. Finalmente, Clinton y Obama han debatido en unos platós repletos de ciudadanos que han tenido la oportunidad de expresar en directo su aprobación o rechazo ante las sucesivas propuestas que se iban desgranando. Esa actitud espontánea, manifestada por el público físicamente presente constituye uno de los más fiables indicadores demoscópicos (aunque obviamente limitado) para determinar la identidad del hipotético ganador del debate. Nada que ver con la fría soledad en la que se desarrollan estas encuentros en nuestro país y que obligan a acudir a las encuestas posteriores para medir su resultado.

En fin, que esta botella medio vacía a la que también aludía Aguilar, sigue pesando mucho en la calidad democrática de nuestro sistema político. Conseguir llenarla, sin embargo, es cuestión ardua, puesto que tal objetivo no se logra con medidas impositivas (no acudamos a la ley, por favor). La clave está en la cultura política, en esos usos cívicos que se forjan en la conciencia colectiva y que las conductas de nuestros representantes y las organizaciones en las que éstos militan no pueden ignorar. Esperar que eso cambie de un día para otro es ilusorio. Trabajar para que tal efecto se produzca, no.

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