RELATOS DE VERANO

Jorge Duarte Domínguez

La sal de la vida (VI)

Resumen de lo publicado. Trinidad y su mujer preparan una paella en su casa de campo. Del resultado de la misma puede depender el cierre de un buen negocio. Justo antes de recibir a los clientes advierten que no tienen sal. Trinidad se dirige a la única casa en todo el valle, perteneciente a un monje. Éste le invita a un té, pero le niega la sal aduciendo que desprenderse de un bien material sin contraprestación supone un grave riesgo para su equilibrio espiritual. Ante la negativa persistente del monje a darle o venderle sal, Trinidad se cuela en la cocina y le hurta un puñado. El monje lo descubre.

enuda demostración de sabiduría acaba usted de dar! -exclamó Trigo con los ojos cada vez más abiertos y admirativos-. Ya lo creo que ha merecido la pena dejarlo todo por venir a su casa.

-Tendrá que pagar la sal que se ha tomado la libertad de sustraer de mi cuenco -me exhortó con el tono grave y ligeramente hostil.

-Se está equivocando por completo, Maestro. Yo... -respondí entre balbuceos.

-No me haga perder más el tiempo -azotó con su fusta el aire por varias veces, creando aún más tensión con su silbido-. Permita que tase la sal que lleva escondida y podrá irse con todas mis bendiciones.

Decidí terminar cuanto antes con la representación, habida cuenta de que tenía que salir cagando leches de allí y correr un rally por carriles de mala muerte para llegar, en el mejor de los casos, a la vez que mis invitados.

-De acuerdo. Supongamos que la sal que le falta ha ido a parar a mi bolsillo. ¿Cuánto quiere que le pague por ella?

-¿Qué opinas, Trigo? ¿En cuánto valorarías la sal que me ha birlado el pija?

-¡Oiga, deje de llamarme pija de una puñetera vez! -protesté con la voz levantada para mantener la poca dignidad que me quedaba.

-Vamos, no se ofenda, señor Naranjo, sólo se trata de un apodo cariñoso.

-Verá, Maestro -respondió Trigo-, teniendo en cuenta la naturaleza del negocio y la comisión que presumiblemente se va a llevar el señor Naranjo, yo no le soltaba un grano de sal por menos de... digamos... ciento cincuenta mil. Y eso teniendo en cuenta que es su vecino, por lo que lleva incluido el descuento correspondiente.

-Me parece justo y razonable -respondí a toda prisa con la euforia invadiéndome las entrañas, toda vez que la cifra era irrisoria si la enmarcaba dentro del calvario que me estaban haciendo pasar y de la fortuna que ganaría si volvía a casa con la sal, siempre y cuando elaborara una paella como Dios manda, claro está-. Tengo un talonario de cheques en la guantera del coche. Pagaré lo que su alumno ha estimado y sanseacabó.

El Maestro, todo flemático, se acercó a la puerta y la abrió con una pequeña llave, tras lo cual, sugirió:

-Si no le importa irá Trigo a su coche y traerá el talonario. No es que no me fíe de usted, pero...

-Por supuesto, Maestro. Es lógico que tome usted precauciones -respondí manso y regocijado por que todo se hubiera solucionado de forma tan satisfactoria para ambas partes. No, si al final iba a resultar que el monje no era tan cabrón, pensé. El pobre sólo ha aprovechado una oportunidad que le ha llovido del cielo, igual que hubiera hecho cualquier hijo de vecino.

Saqué la llave del BMW y se la di a Trigo. Corrió a toda velocidad al coche, como si se tratara de una carrera de relevos, y trajo el talonario desbordando entusiasmo. Calculé la cifra en euros y rellené un cheque. Se lo entregué al Maestro sin poder ocultar una mueca de complacencia.

-Es evidente que usted no entiende la trascendencia del asunto que nos ocupa -comentó el Maestro mirando el cheque con una sonrisa torcida-. No son novecientos euros. Son ciento cincuenta mil euros, hijo.

-¡Pero qué coño está diciendo, hijo de la gran puta! ¡¿Veinticinco millones de pelas por un puñado de sal?! ¡Es usted un iluso cabrón si cree que yo...!

-Usted pagará esa suma o me devuelve mi sal -me interrumpió el Maestro Pelegrín en un tono apacible pero contundente como un mazazo en mi nuca-. Y le adelanto, para que después no me reproche que no se lo advertí, que soy Maestro en artes marciales. Lo digo por si decide escapar. Lo alcanzaría antes de llegar a su coche y, tras darle una soberbia paliza, le arrebataría la sal que me ha robado.

-Pero, bueno, esto debe de ser una broma, ¿no? -dije al borde de la vesania-. ¡Claro, ahora lo entiendo todo! ¿Cómo no había caído antes? -solté una carcajada nerviosa-. Me lo he llegado a creer a pies juntillas. ¡Pero qué ingenuo...!

-Ni Trigo ni yo nos hemos reído una puta mierda -me cortó el Maestro, sorprendentemente soez. Bebió un sorbo de té y añadió -: Extienda ese talón y lárguese de mi casa. Tengo mucho trabajo que hacer.

-Entonces... ¡¿habla usted en serio?! -dije, atónito, y saliéndome un gallo ridículo de mi garganta.

Era una verdad inmutable que la jodida sal me reportaría una comisión no menor de un millón y medio de euros y, con toda probabilidad, un buen paquete de acciones de la empresa. Por otro lado, si pagaba por unos gramos de sal ciento cincuenta mil euros viviría atormentado el resto de mis días, quizá recluido en un psiquiátrico. Aun así, como era un hombre de negocios y no me quedaba ninguna alternativa, extendí el cheque y se lo di. Al poco tiempo, Trigo terminó de redactar el contrato y me lo hizo firmar.

Salí de aquella casa de los horrores con fuertes espasmos y babeando por las temblorosas comisuras de mi boca. Un repentino dolor agudo en los lumbares me constriñó a encorvar mi espalda casi en ángulo recto. Me dirigí al coche con la mirada extraviada en algún lugar tenebroso de mi alma, inmerso en la vergüenza, en la humillación de haberme convertido en un fracasado de por vida.

Mis piernas me condujeron directamente al maletero, que abrí de forma mecánica. Retiré una manta de cuadros que allí había y aparecieron ante mis ojos las armas y munición que todavía no había guardado de la cacería del día anterior. Me quedé absorto ante ellas, como un jubilado frente a una obra, sin poder apartar de mi mente la imagen del Maestro Pelegrín y Trigo Dorado abrazándose y felicitándose entre carcajadas burlescas por el más que lucrativo negocio que acababan de rematar. Podía ver con claridad cómo retiraban los cuencos de té con muecas de asco y lo sustituían por dos vasos de cristal que llenaban de cubitos de hielo y Jack Daniel's. A continuación encendían dos enormes puros habanos con una ancha sonrisa de victoria. Bailaban y cantaban mientras se pasaban el talón de unas manos a otras y lo besaban como si de un billete de lotería premiado se tratara.

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