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rafael / sánchez Saus

La sala japonesa

PUNTUALMENTE me había llegado noticia de la presentación del nuevo libro de Javier Compás en el recinto cultural más interesante de Sevilla, La Revuelta, y me había hecho el firme propósito de no faltar. Ya me deleitaba con la grata reunión de amigos, con lo que Javier y su presentador, Félix Machuca, fueran a decirnos de La sala japonesa y otros relatos, con las botellas de buen vino que, sin duda, saldrían de los surtidos anaqueles del rincón del local en el que Compás despliega sus saberes enológicos y los imparte a los privilegiados que asisten a sus catas. Sin duda, las horas se nos harían cortas y la noche, una de esas perfumadas noches de primavera sevillana temprana, acogería tiernamente nuestro alborotado hablar de libros, de días azul y tiniebla, de amigos que se fueron, de años y oportunidades perdidas que no pudieron con nosotros aunque bien que lo intentaron.

Esa mañana se produjo la llamada que había estado esperando desde hacía varios días. Tras las disculpas de rigor, se planteó la perentoria necesidad de cerrar el asunto esa misma tarde, antes de que el fin de semana se echase encima. Forcé un poco las cosas para que la cita fuese lo más temprana posible. La señora con la que hablaba, educada y con evidentes ganas de agradar, se quedó, no obstante, un tanto sorprendida cuando supo que era una presentación de un libro lo que motivaba mis prisas. Y ni siquiera era el autor.

Por supuesto, llegó tarde. Y como todas las mujeres de cierta edad que cierran el menor contrato, Milagros no se fiaba ni de su sombra. Repasamos los papeles varias veces y en cada ocasión surgía algo que era necesario aclarar, cuando no variar, y luego revisar de nuevo. El tiempo empezó a pasar, primero lentamente, luego cada vez más rápido. Llegó el momento en que me di cuenta de que no llegaría a La Revuelta a la hora prevista y después que no llegaría a ninguna hora. Cuando por fin salí a la calle, para colmo, me encontré con una pareja amiga que volvía de la presentación con su flamante libro en las manos. Ni eso se me ahorró.

Hoy ya tengo La sala japonesa y otros relatos en casa, y con ellos todo un mundo tan reconocible como transformado por la gracia de una escritura que recrea una Sevilla sólo a medias real, como soñada, pero nada imaginaria. Con ellos he pasado la mejor noche del alumbrado en años. No hace falta que se los recomiende.

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