Plaza nueva

Luis Carlos Peris

¿A cuánto sale la paliza?

CUANDO resulta que atravesamos el corazón de la temporada taurina, cuando ha terminado la más mediocre Feria de San Isidro que vieron los tiempos y cuando se aproxima el auténtico Día D del curso convendría reflexionar sobre lo que significa un torero en especial. ¿Que cuál es el auténtico Día D del curso? Pues ese día tan señalado es el de la comparecencia de José Tomás en Las Ventas del Espíritu Santo, cinco de junio, festividad de San Bonifacio en todos los calendarios de la Cristiandad. ¿Por qué tanta importancia para esa cita? Pues porque en el actual escalafón de toreros, José Tomás es un caso aparte, con muy poco que ver con los toreros que dan lustre a la nómina. Están todos por una parte y José Tomás al otro lado de la valla, solo ante el peligro, librando una guerra en solitario y poniéndose ante el toro donde los demás colocan la muleta.

Pero la pregunta es la del millón. ¿Es de buen torero colocarse en el sitio que debería ocupar el engaño? Buena pregunta, sobre todo si se parte de la premisa que sirve de génesis a la Tauromaquia de Cúchares o a la de aquel Pepe Hillo que no predicó con el ejemplo y que murió en la plaza. La premisa es que la obligación primigenia del torero es que el toro no le coja, no que huya, claro que no, sino que se libre con arte y valor de las acometidas del animal. José Tomás no se libra ni una sola tarde de alguna acometida que otra. Se coloca en un sitio de tanto riesgo, atropella tanto la razón, que el toro termina por cogerlo ante lo que debe considerar una invasión inadmisible de su territorio, su terreno según el lenguaje de los iniciados en esta materia. Y así, entre cogida y cogida, bajo el señuelo de la vieja premonición de Guerrita refiriéndose a Belmonte, la gente se está dando prisa en acudir a la llamada de José Tomás no vaya a ser que no se llegue a tiempo de verlo con vida.

Tiene esto mucho de circo romano, como si el olor a sangre fuese el mejor reclamo taquillero. Por eso, José Tomás va caminando al margen del escalafón y sus compañeros de cartel no suelen ser los más encopetados de la nómina, se hace acompañar más por toreros que aspiran o que están de vuelta en vez de alternar con las figuras del momento. José Tomás acapara toda la atención de la tarde y, por supuesto, casi todo el dinero que entra en taquilla, no quiere televisión porque televisión y leyenda no hacen buenas migas, sigue poniéndose donde los demás colocan la muleta y continúa saliendo a paliza por tarde, con lo que conculca el primer mandamiento de cualquier tauromaquia, el de eludir las acometidas del toro. Pero a ver quién le explica a ese personal que casi empeña los colchones para verlo que torear no es eso y que, por muy bien que se las paguen, la paliza es una cosa y el toreo otra. El jueves torea en Madrid, dése prisa, corra.

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