La tribuna

Bárbara Rosillo

En la sangre de los españoles

EL toro ha encarnado en la cultura mediterránea los conceptos de fuerza y poder, sin ir más lejos la mitología nos ofrece fabulosas leyendas como la del Minotauro. En España, los festejos con astados tienen un origen remoto. La primera constancia documental que se tiene de una corrida celebrada por la Corona se remonta al siglo XII, lo cual no implica que no se produjeran con anterioridad. La monarquía festejaba sus triunfos, ya fueran por una victoria en el campo de batalla o por cualquier otro acontecimiento señalado, representando los lances una parte esencial de dichas celebraciones. Un ejemplo muy antiguo de estos usos sociales se narra en El Cantar del mio Cid (1098). El cantar de gesta relata que durante la fiesta de esponsales de las hijas de Rodrigo Díaz con los condes de Carrión se mataron muchos toros. El mismo Francisco de Goya se hizo eco de citado episodio en su célebre Tauromaquia (1816); asimismo, dedicó otra estampa a Carlos I de España. El emperador, hombre de gran arrojo, participó matando un toro de una lanzada durante los festejos que tuvieron lugar en Valladolid en 1527 con motivo del nacimiento de su hijo y heredero, el futuro Felipe II.

Numerosas noticias aluden a lances taurinos llevados a cabo en distintas ciudades españolas con motivo de la conmemoración de acontecimientos señalados, tales como las bodas reales, el nacimiento de infantes o la subida al trono de un nuevo monarca. Dichas funciones tenían un carácter eminentemente aristocrático, aunque debemos resaltar que ya existían los toreros de a pie. Los llamados "matatoros" eran toreros que participaban en festejos populares siendo su trabajo remunerado. Varias crónicas del siglo XIV relatan que el rey Carlos III de Navarra mandó llamar en distintas fechas a varios de estos hombres para torear en Olite, Pamplona y Estella. Las fuentes señalan que ya en el siglo XIII las corridas gozaban de una gran popularidad; de hecho, Alfonso X en las Siete Partidas prohibió el toreo como medio de vida en el reino de Castilla. El denominado "caballeresco" sí estaba permitido, ya los nobles que lo practicaban no percibían emolumento alguno, algo que hubiera sido considerado un deshonor.

Las corridas y los juegos de cañas tenían como marco las plazas públicas. Los cabildos corrían a cargo de los gastos aunque, en ocasiones, los grandes señores los sufragaban de su bolsillo. El duque de Medina Sidonia ofreció a Enrique IV de Castilla y a su prometida Juana de Portugal toros en Badajoz y en Sevilla. En 1478 Isabel la Católica dio a luz al príncipe Juan en el Alcázar de Sevilla; la buena nueva por el nacimiento del ansiado varón fue solemnizada con corridas de toros en la plaza de San Francisco, con la asistencia de los mismos reyes acompañados de su corte. Isabel la Católica no era muy partidaria de estos espectáculos porque había visto fallecer a un hombre e incluso intentó prohibirlos, sin ningún éxito.

Durante los siglos XVI y XVII los festejos taurinos vivieron una etapa de esplendor sin precedentes. Es preciso constatar que, por aquellos tiempos, la afición era más que notable y, por lo visto, absolutamente imprescindible para gran parte de la sociedad española. Sobre este punto, es interesante recordar el intento de prohibición por parte de la Santa Sede de las corridas de toros, señalando que no solamente se producían en España, sino también en Italia, Francia, Portugal y México. Pío V publicó en 1567 la bula De Salute gregis Dominici que rezaba de la siguiente manera: "Estos espectáculos tan torpes y cruentos, más de demonios que de hombres…Quedan abolidos en los pueblos cristianos. Prohibimos bajo pena de excomunión a todos los príncipes, cualquiera que sea su dignidad, lo mismo eclesiástica, que laical, que asistan a tales espectáculos". La bula fue refrendada unos años más tarde por Sixto V, pero Felipe II, aunque no era particularmente aficionado a los toros, consideró la prohibición como una afrenta a las costumbres de su pueblo y decidió hacer caso omiso proclamando: "las corridas de toros están en la sangre de los españoles hasta tal punto de no poder privarse de ellas sin gran violencia". Ahí es nada.

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