La ciudad y los días

Carlos Colón

El señor Hamley y los árboles

EL hidalgo rural Stephen Hamley, de los Hamley de Hamley, la familia más antigua en tres condados, "amaba aquellos árboles bajo los que había jugado de niño como si fueran criaturas vivas; eso formaba parte del lado romántico de su carácter". Lo leo en la hermosa, sosegada, inteligente, irónica y amable novela -sólo la literatura inglesa del XIX ofrece juntos estos placeres- Hijas y esposas de Elizabeth Gaskell (Alba Editorial), que está trayendo a mi retiro onubense el aire suave de los jardines ingleses, de los paisajes de Constable o del íntimo sosiego de las hermosas "escenas de conversación" de la pintura británica del XVIII y el XIX. Se la recomiendo: es como si el bellísimo retrato que Gainsborough hizo de sus hijas se transfigurara en palabras. A lo que iba: al leer sobre el amor que el hidalgo Hamley sentía por los árboles no puede impedir pensar, con tristeza, en Sevilla.

La Plataforma por la Defensa de los Parques y Jardines ha denunciado muchas veces "la obsesión del Ayuntamiento por acabar con la arboleda y crear plazas duras" y denunció en su día que sólo en año y medio se habían eliminado 1.800 árboles en Sevilla o que el proyecto de peatonalización -supuestamente favorable al medio ambiente- supuso la tala de 121 árboles entre la Puerta de Jerez y la Plaza Nueva. Y nada cambia. "En el Ayuntamiento -escribía ayer el compañero en guardia estilita de agosto Juan Luis Pavón- ha de investigarse quién reincide en la plantación y mantenimiento de plantas y árboles que se mueren a los pocos meses, dilapidando el dinero del contribuyente. Ya les hablé de los 126 palmitos que pasaron a mejor vida en el Muelle de la Sal. Ahora toca el obituario por unas 100 arizónicas instaladas para jalonar un ramal del carril bici que va por una vía de servicio en paralelo al viaducto del Alamillo".

Se prometen grandes parques, según el concepto faraónicamente cateto que guía a nuestros munícipes, pero se talan los árboles que dan vida y sombra a nuestras calles (además de hacer muchas veces de pantalla verde que disimula horrores arquitectónicos o hace habitables tropelías urbanísticas), se descuida lo plantado dejándolo morir o se ignoran los jardines. El hidalgo Hamley no podría pasear entre los árboles bajo los que había jugado de niño, si fuera sevillano. Ni tan siquiera entre los que paseó ayer, en muchos casos. Porque aquí no se ama los árboles como a seres vivos y dadores de vida; y la mayoría de los sevillanos -como quienes los gobiernan- no posee, no ya un carácter romántico, sino siquiera sentido de la belleza y sensibilidad medio ambiental.

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