La tribuna

Emilio Gónzalez Ferrin

Cuatro siglos sin moriscos

FUE Jorge Luis Borges el que nos definió para consumo urgente: la España del islam, de la cábala, y de la noche oscura del alma. ¿España una y trina? España bizantina, en todo caso; enzarzada en una permanente discusión que guadianea desde las viejas loas de Isidoro de Sevilla hasta culebrones de memoria histórica. Discusión siempre fértil, entre claroscuros y fuegos de artificio. Pero dicho con orgullo: apañado está el pueblo con su historia y esencia perfectamente ordenadas para siempre. Tan fijadas y explícitas como los vídeos de las bodas de los amigos. No: nuestra historia es caducifolia y su recuerdo depende de las estaciones, en permanente retroalimentación.

Se cumplen cuatro siglos de la expulsión de los moriscos, aprestándose zoilos y áulicos a vestir la cosa. Una parte parece clara: hubo expulsión, como también de judíos. Otra ya no es tan clara: con esas expulsiones, ¿se lograban erradicaciones? ¿Se dejaba así de infectar -la expresión es de Sánchez Albornoz- a nuestra esencia hispana? Confieso que, en esto, me siento goytisoliano, al igual que Goytisolo se siente castriano -por Américo Castro- y cervantino: el memoricidio no hace más que preparar la venganza de una esencia sobredimensionada. Toda erradicación de una parte insustituible de nuestra historia volverá con algo más grave que una fiebre de congresos: lo hará con la sensación presente de que podemos elegir identidades por catálogo. Y en exclusiva. Pero la identidad no es aséptica ni se elige: es algo sincrético que se construye con los restos del naufragio.

Desde la mal llamada Crónica Mozárabe del 754 hasta los últimos autos de procesamiento de jueces best-selleros, andamos siempre a la gresca cromática con los aparentes otros. Estamos encantados de no conocernos, porque así podemos seguir con la matraca de que todo mal viene de fuera y todo bien nace al expulsar. Con tales mimbres, difícilmente podrá prosperar un pensamiento realmente nuevo, y este cogitus interruptus -de nuevo Goytisolo- convierte nuestro posible patriotismo en una mermada, capitidisminuida, cuestión deportiva. Nacionalismo de himno y camiseta.

Si no fuera ésta tierra de estirados licenciados Vidriera -por el centro de la calle, miedosos de las tejas flojas- deberíamos desechar rigores y partir de que no se era morisco, sino que se estaba morisco. Como también se podía estar turquesco, con una salvedad que sólo aquel manco manchego parece haber notado: lo turquesco era enemigo, lo morisco dispar y propio. Es decir: la España morisca fue el maquis formal de un Al Ándalus ya asimilado. Su expulsión era un golpe de pecho tras mirarnos en el espejo. Y si no fuéramos historiadores con imagen corporativa, admitiríamos que lo más parecido a un morisco en la España de 1609 era un mozárabe en el Al Ándalus del 850. Algunos pases más resiste esta idea: los moriscos expulsados levantaron el Estambul de su tiempo, como aquellos expulsados cristianos del 850 sentaron las bases de una ciudad como Fez o se injertaron en Creta. Creamos españitas y, como les negamos el apellido, no se reconocen entre sí: la llave que guarda con celo el morisco de Tetuán abría una puerta vecina de la que abría la llave del sefardí de Sarajevo. El resto es pura coloración posterior.

Pero más interesante aún es la llamada tercera España -de nuevo, una y trina-; la que bien define García Cárcel como la que no expulsó ni fue expulsada. En torno a aquel 1609, que aparece en los libros como demócrata de toda la vida, respiraba con dificultad esa tercera España de alma morisca; buscaba desesperadamente la asimilación sin querer renunciar al pasado común exorcizado por el resto -islam, lengua árabe; puede que judaísmo y lengua hebrea-. Esa compleja tercera España descanonizada, la condenada al olvido, abrazó cualquier oportunidad de mimetismo. Se hizo marinera y atlántica, trucando limpiezas de sangre -en las bodegas de los barcos aparecieron cancioneros de Ibn Quzmán en árabe-. También se hizo cristiana huyendo de formalismos excesivos; no es casualidad que España fuese la patria real de las ideas erasmistas, de la religión solidaria, ecuménica, ética.

Porque esa tercera España también se hizo hereje, qué duda cabe, coincidiendo con la no menos atacada expansión de ideas reformistas europeas: post-judíos, conversos, mudéjares, cripto-moriscos, alumbrados y erasmistas de diverso pelaje, remisos todos a la llamada tiranía de la costumbre, están en la base de la literatura del Siglo de Oro y las inquietudes espirituales de célebres fugados del régimen como Casiodoro de Reina, Antonio del Corro, y Cipriano de Valera. Es absurdo trazar la línea que va del islam clásico al contemporáneo pasando por los moriscos. El verdadero logro de las siempre positivas excusas conmemorativas será asumir el memoricidio y lograr que el presente entone el reconocimiento de Lázaro de Tormes: yo, Señor, fui engendrado a escote.

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