La esquina

josé / aguilar

Para qué sirve una televisión

LAS radios y televisiones autonómicas se extendieron por el efecto imitación. Ningún virrey territorial quería ser menos que otro. Una vez puestas en marcha en Cataluña y el País Vasco con el pretexto de fomentar la lengua autóctona, todas las comunidades autónomas se precipitaron a crear las suyas. Como no existen tantas lenguas y la inmensa mayoría de la gente se entiende en castellano, se buscaron otras motivaciones.

Se encontraron pronto: la información más cercana, la cultura propia y el servicio público, es decir, la difusión de contenidos que no eran, ni son, atendidos por las televisiones privadas, pendientes en exclusiva de la rentabilidad. No hay ley de entes públicos radiotelevisivos de cualquier autonomía que no consagre esos objetivos para justificar su nacimiento.

Todo mentira. Pronto se comprobó que su programación era calcada de las de las televisiones comerciales -sin renunciar, además, a hacerles competencia desleal, puesto que reciben cuantiosas subvenciones públicas- y que el servicio público es la última de sus prioridades. En cuanto a la proximidad a los espectadores y la vinculación a la tierra, es una gran falacia: ninguna ha superado en audiencia global dentro de su territorio a las tres principales cadenas nacionales (salvo en programas muy concretos). La cadena pública gallega no es la que más se ve en Galicia, ni Canal Sur en Andalucía ni todas las demás en sus regiones respectivas.

Eludiendo sistemáticamente sus deberes fundacionales, y legales, y asumiendo sin titubeos la idea perversa de que el dinero público no es de nadie -y procede de un misterioso maná inagotable-, los responsables de estas cadenas se embarcaron en una espiral de gastos sin fronteras, incluso cuando la crisis mermó notoriamente la aportación de la publicidad a sus ingresos. Unos sindicatos voraces y mimados en aras de la paz laboral hicieron el resto, obteniendo convenios estupendos y plantillas infladas, ambas cosas muy por encima del sector.

Y así ha sido como las teles autonómicas se han convertido en pozos sin fondo a los que algunos políticos se empiezan a atrever a echar el cierre. Ahora las consideran un lujo incompatible con los recortes que han tenido que hacer en sanidad y educación. Durante muchos años las han usado como instrumento de su poder y mecanismo de conformación social y cultural. Pan y circo para las masas de votantes que necesitan antes otras -muchas- cosas.

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