La esquina

josé / aguilar

El socialismo errático

ENTRE tumbos e improvisaciones, el PSOE trata de reponerse del estado de postración en que le dejó el último Zapatero. Circula por la política española como pollo sin cabeza- la cabeza está globalmente impugnada-, pasa de rechazar las primarias para elegir secretario general a querer imponerlas por ley a todos los partidos y presiente que está desaprovechando la mejor oportunidad posible de volver al poder ante un Rajoy más quemado que la pipa de un indio.

Este pésimo augurio sobre su futuro inmediato está conduciendo a buena parte de los dirigentes socialistas a una conclusión peligrosa. Su argumento se resume así: para evitar que el enorme malestar social con la política económica del Gobierno lo capitalice Izquierda Unida -como atestiguan las encuestas- el PSOE tiene que radicalizarse, girar hacia la izquierda, rescatar las señas de identidad del socialismo mediterráneo (intervencionista, laicista, anticapitalista).

Este pensamiento no puede ser más que fruto del desconcierto y el nerviosismo. Alienta en él una simpleza inasumible: que la crisis actual no se terminará nunca o que, si se termina, será a costa de instalar a la sociedad española en la pobreza y la desesperanza de varias generaciones, el estado ideal para que los antiguos comunistas adelanten a los socialistas como referentes de la única política de progreso alternativa a la de la derecha conservadora. El famoso sorpasso con el que soñó Julio Anguita hace veinte años.

Mi opinión es que, por muy desgarradora que sea la crisis, que lo es, España va a volver a ser una sociedad medianamente desarrollada, con un bienestar inferior al de los buenos tiempos y unas amplias clases medias tendentes a la moderación. Un país en el que no va a gobernar ningún partido que no se presente, y sea visto, como interclasista y atento a las inquietudes del centro sociológico. Y en ese tipo de país los radicalismos sólo serán protagonistas de manera coyuntural y pasajera.

Recuerden los socialistas otro momento suyo de caos y nerviosera, ante las elecciones generales de 2000, cuando improvisaron un pacto histórico PSOE-IU para gobernar con un programa común de izquierdas -firmado por Joaquín Almunia y Francisco Frutos mientras sonaba la música de Novecento-, cerrando el paso a la reelección de Aznar y dando satisfacción al clamor de las bases y de la calle. Aznar ganó con la gorra y el PSOE profundizó su crisis .

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