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Rafael Padilla

Una sociedad enferma

HAY noticias que producen el efecto de indignarnos a todos, de ponernos unánimemente alerta frente a los graves síntomas del derrumbe moral al que asistimos. Otras, sin embargo, siendo incomparablemente más significativas y destructoras, no alcanzan jamás el clamor de las primeras páginas y han de transmitirse a hurtadillas, con la voz queda y vergonzante que el sistema, tan nauseabundamente hipócrita, les permite.

Esta semana nos deja dos buenos ejemplos de esa sensibilidad intermitente que se escandaliza cuando se lo ordenan. El primero se refiere al caso de la madre belga que pretendía vender a sus hijos gemelos por diez mil euros, con la finalidad -entenderán que urgentísima- de hacerse una liposucción. Es cierto que al asunto no le falta ninguno de los ingredientes que conforman una conducta verdaderamente perversa: el tratamiento de los críos como mera mercancía; la banalidad del destino de lo que se obtuviera por semejante negocio; el hecho mismo -quizás lo más desconcertante- de que la legislación belga no tenga previsto castigo alguno para tales supuestos. Pero, aun así, aunque con razón nos haya lastimado a todos, no deja de ser una infamia puntual.

El segundo se centra en la denuncia, bastante menos difundida, de que, como consecuencia de la mejora en el diagnóstico prenatal y de las posibilidades que ofrece nuestra normativa sobre el aborto, en España está decreciendo a marchas forzadas el número de niños nacidos con síndrome de Down. En concreto, desde 1985, la tasa ha pasado de uno por cada 600 nacimientos a uno por cada mil. Es el orgulloso fruto de lo que los expertos llaman "técnicas de cribado", una forma muy aséptica de envolver el fantástico logro eugenésico de privarles, por averiados, de alma, esperanza y vida. Los avances no se detendrán ahí: hoy estas técnicas pueden identificar 50 enfermedades genéticas; pronto las descubrirán todas. "Teniendo en cuenta que la práctica totalidad de las mujeres deciden abortar cuando se detecta una malformación -señala María Orera, directora médica de los Laboratorios Circagen- puede ser que llegue un momento en que no nazcan niños".

Exagera, claro. Pero nos coloca ante las preguntas fundamentales: ¿Quién establece los límites? ¿Es ése el objetivo primario de la diagnosis prenatal? ¿Se trata de una opción estrictamente individual? ¿Cuánto hay de ignorancia y de falsa caridad en quien determina desecharlos por imperfectos? ¿No les concederemos ni la oportunidad del debate?

"Podemos", nos gritan a diario desde las pantallas. Por supuesto que podéis. Pero sabed que sois los últimos, que esta sociedad enferma y narcisista os prefiere muertos. Tal vez porque vuestra voz pura y vuestra sonrisa indomable desenmascaran la vacuidad y las mentiras de sus nuevos, míseros y presuntos valores.

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