Crónica personal

Pilar Cernuda

La soledad

SON pocos los españoles que la han visto a pesar de las excelentes críticas, y sin embargo La soledad se ha llevado los Goya a la mejor película y al mejor director. Los premios de este año estuvieron dispersos y no se cumplieron exactamente los pronósticos. Pero si la gala de entrega de los premios es reflejo del cine español, entonces es para echarse a llorar.

El cine español tiene altura, incluso lo reconocen fuera de nuestras fronteras, pero está tintado de un progresismo trasnochado que es probablemente su principal problema, y que provoca que la mayoría de los ciudadanos escapen de las salas que exhiben películas españolas, hartos de que se abunde en las miserias de la Guerra Civil siempre desde el mismo bando, hartos de las también miserias de la posguerra, hartos de guiones centrados en malos tratos, violencia callejera, grupos marginales, estereotipos soeces, mujeres vulgares, funcionarios de medio pelo y cantamañanas que sólo piensan en el sexo.

Hay películas espléndidas, pero aún más que provocan mal sabor de boca, desazón y, lo que es peor todavía, bochorno. Y la gala de entrega de los Goya ha abundado precisamente en la imagen del cine de medio pelo. Las mujeres, espléndidas, elegantes, tanto en el vestir como al recoger los premios o no recogerlos, como el caso de una Belén Rueda que pronunció cálidas palabras en favor de Maribel Verdú cuando se llevó el Goya de interpretación femenina. Las mujeres dieron la talla frente a gran parte de los varones que ni siquiera se tomaron la molestia de vestirse adecuadamente, haciendo suya esa ridícula regla de tres de que lo progresista es aparecer desaliñado y a ser posible sucio. Javier Bardem, al recibir un Globo de Oro en Estados Unidos, apareció impecablemente trajeado, como debe ser, con excelente ropa de marca.

Si lo mejor que puede ofrecer la Academia de Cine es un espectáculo Corbacho, apaga y vámonos. Buscar la risa fácil con el disfraz, el histrionismo e imitando llamadas a los ausentes es de función de colegio. Se supone que el cine español cuenta con excelentes guionistas, pero en la noche principal de ese cine brillaron por su ausencia. Ni una frase ingeniosa, ni una ironía, ni un recurso. Ni a los organizadores ni a Corbacho se les pasó por la cabeza lo que mucha gente esperaba: que cinco, seis o doce de los actores y directores que se sentaban entre el público, subieran al escenario a dar un abrazo a Alfredo Landa cuando se quedó sin palabras por la emoción. El propio Landa se vio obligado a llamar a su mujer e hijos para que le echaran una mano.

Noche fallida. Y, por fallida, se piensa en lo que no se debería pensar: ¿Cuánto nos cuesta el cine español? Porque la triunfadora de la noche, La soledad, no es una película cara, ni con actores magníficamente pagados, ni con un director que se mueve en los círculos de poder...

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