Alto y claro

josé Antonio / carrizosa

A la sombra

APLASTADOS en este julio de más de cuarenta grados un día sí y otro también, cuesta trabajo imaginar en qué estaría pensando el alcalde Monteseirín cuando dio su aprobación al diseño de la Avenida peatonalizada. O qué quería conseguir el alcalde Zoido cuando desarboló como lo hizo la calle Almirante Lobo. Por no hablar del responsable de la tala inmisericorde perpetrada hace ya años en la fachada del Palacio de San Telmo o los autores de esas extensiones de hormigón que en su momento se llamaron plazas duras y que se pueden encontrar en zonas tan céntricas como la Plaza de Armas o en muchos barrios de la ciudad. Parece mentira que alguien al que se le supone conocimiento de Sevilla, que la vive y que la patea a diario, pueda ignorar que aquí la sombra es un bien de primera necesidad y que arrasarla por motivos tan catetos como incomprensibles es un crimen contra la ciudad, sus moradores y sus visitantes. Los de aquí, por lo menos, estamos avisados, y sabemos por dónde no se puede andar a determinadas horas salvo caso de fuerza mayor , pero ¿le quedará a alguien ganas de volver a Sevilla o de recomendársela a sus amigos después de atravesar desde la Puerta de Jerez a la Plaza Nueva uno de estos días a las tres de la tarde? El empeño en hacer una ciudad incómoda en la que sortear veladores y esquivar bicicletas bajo un sol abrasador sea la tarjeta de presentación de la zona monumental es digno de estudio. La Universidad tiene destacados especialistas que seguro que ganarían renombre y fama explicando en congresos internacionales de hábitat urbano -le cogemos prestado el cursi nombre a Juan Espadas- el extraño caso de una de las ciudades más calurosas de Europa y de las más amenazadas por el cambio climático que se dedicó durante años a destrozar lugares de sombra.

No sé si Enrique Figueroa, catedrático de Ecología de la Hispalense, tiene previsto llevar el caso a la próxima reunión internacional a la que asista. Por lo pronto sí lo ha hecho para nuestros lectores y el pasado domingo publicamos el reportaje en el que medía con un termohigrómetro digital lo que pasaba en algunos puntos del centro uno de los días más benignos de lo que llevamos de verano. Así se podría comprobar cómo un banco de madera expuesto al sol al lado de la fuente de Los Meones alcanzaba a mediodía los 67 grados mientras que la temperatura a la sombra era de poco más de 28 o cómo el pavimento de la Avenida llegaba a los 54 cuando a la sombra el termómetro oficial no pasaba de los 30. Había muchos más ejemplos que, si les interesa, pueden recuperar en nuestra web, pero baste esto para señalar una cuestión que no es secundaria ni menor y que incluso tiene un aspecto de salud pública, señalado por los dermatólogos, que no hay que obviar.

En Sevilla no necesitamos alegatos apocalípticos sobre el cambio climático, una evidencia científica que hoy muy pocos se atreven a negar. Aquí llevamos toda la vida pasando calor en verano, que es lo que está mandado. Pero lo que ha pasado en los últimos años con la arboleda de Sevilla es uno de los muchos despropósitos que han jalonado la vida de la ciudad. Ahora que estrenamos una nueva administración municipal quizás sea el momento de señalar que estamos ante un problema de calidad de vida y que si algo tiene que estar en las prioridades de un Ayuntamiento es precisamente eso. Ya que estamos condenados a pasar calor que, por lo menos, no nos lo pongan más difícil los que se encargan de ordenarnos la ciudad. Échele un vistazo el alcalde a la Avenida desde su despacho y seguro que no nos quitará la razón.

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