El poliedro

José Ignacio Rufino / Economia&empleo@grupojoly.com

Un 'sorpasso' de lo más ilusorio

Italia y España afrontan problemas parecidos, pero sus estructuras económicas son muy distintas

LOS españoles solemos afirmar que nos parecemos a los italianos más que a cualesquiera otros extranjeros. Uno después visita Turín y se da cuenta de que ellos, los del norte al menos, no se parecen ni siquiera a los españoles que habitan aquellas ciudades cuyas calles, igual que las turinesas o milanesas, se despueblan sin remedio al finalizar el horario laboral. Recuerdo a un industrial milanés decir que había visitado Cataluña por negocios en los ochenta y se había encontrado "un roba da piangere" empresarialmente, algo para echarse a llorar: él, claro, le vendía motores a los alemanes. Lo de ser hermanitos de los italianos es un tópico al que no sólo gusta recurrir a los españoles, sino a bastantes italianos, quizá en buena parte debido a que nuestros idiomas están entre aquéllos que tienen mayor correspondencia entre fonética y ortografía. Sea como sea, no olvidemos que España ha estado de moda en el mundo antes de entrar en esta repelente dinámica de cuesta abajo y sin frenos en que nos encontramos. E Italia basculaba entre esa buena sintonía tan tópica y el orgullo herido de ver cómo los adelantamos fugazmente en PIB per cápita a finales de 2007 -con un infantilmente ensoberbecido Zapatero anunciándolo a los cuatro vientos-, y cómo nuestros bancos y aseguradoras se expandían comprando entidades italianas. Cuando Telefónica, de la mano de Aznar (al que recientemente Prodi ha vuelto a llamar "mentiroso y espabilado", por decir en Financial Times que entre ambos proyectaron un retraso de la entrada en vigor del euro), estuvo a punto de adquirir Telecom Italia, el ciclo de la envidia italiana hacia España -la otra pata de ese amor-odio propio de tantos amores- llegó a su cénit. En fin, que tras el 4 a 0 de la final de Ucrania, nuestro romance y unidad de destino en lo mediterráneo son más falsos que nunca. Unos destinos que, eso sí, corren en algo paralelos: en la prima de riesgo. Ésas dos sí son primas hermanas. Y gordas.

Tras años de dictadura, España sufrió una especie de efecto tirachinas, con un turbo de modernización que hizo que recorriera en pocos años lo que otros, como Italia, habían recorrido en décadas. Ese turbo liberado y recalentado creó una inercia de crecimiento nominal descollante en nuestro país. Según Dario Di Vico, aparte de los factores exógenos, el éxito español, un milagro mal abortado, se basó en "una clase dirigente empresarial y política cuarentona y no octogenaria [como la italiana], un sistema político moderado y bipartidista y una sociedad civil creativa y rica muy abierta a la contribución de las mujeres". Los italianos se entregaron a Almodóvar, a nuestra forma de divertirnos y comer, adoptaron el término "movida" con la fe furibunda del neoconverso, hasta Zapatero les parecía cool. De pronto, los italianos -y no sólo ellos…- se dieron cuenta de que nuestro músculo era artificial aunque hecho ladrillo, que nuestro turismo low cost era insostenible, que el clientelismo político era brutal a lo largo de la piel de toro y que nuestros bancos no eran lo que se decía. Italia tiene un sector industrial que nosotros ya querríamos, mientras que nuestro sector servicios es de bajo valor añadido. Ahí están nuestras debilidades estructurales. Italia se ve asolada por un Estado ávido y presionado como el español. Arte, joyas, colegio de los niños, coches o barcos e incluso los viajes son vigilados allí y te suponen un inmediato aumento de impuestos, no ya por patrimonio, ¡sino por renta! (graciosos que son creando palabras, a este sistema de control fiscal le llaman reditómetro). Por ahí vamos nosotros en poco tiempo, seguro. Con todo, aparte del fútbol, en algo les zurramos (permitan el plural patriótico): Zara sigue siendo la gran gloria española en el país del diseño. Ahí les duele, pero en eso ellos hocican con gusto.

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