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rafael / sánchez Saus

He tenido un sueño

LOS grandes hombres tienen grandes sueños. Sobre todo si, además, pertenecen a grandes naciones emplazadas por tiempos inciertos y difíciles. Pero cuando uno es simple ciudadano de un país mediocre cuya única obsesión colectiva parece girar en torno a ver quien saca más con menos esfuerzo y obtiene más derechos con menos obligaciones, los sueños se adaptan al entorno como un lagarto al suelo requemado del verano. Hasta ahora.

Hace unas noches soñé, sí soñé -risum teneatis amici que dejó dicho Horacio y hoy, todavía, reproduce algún académico- con las elecciones europeas del próximo domingo. ¿Y no habrá cosas mejores con las que soñar? Sin duda, pero todavía, por fortuna, uno no programa los sueños. El mío era divertido porque a fin de cuentas iba del famoso día después de toda elección, ese fantástico momento en que todos tienen algo por lo que felicitarse y algo por lo que seguir zahiriendo al rival, y en él sucedía que la sorpresa enorme había saltado por encima de encuestas y fáciles predicciones. Con todo detalle veía ante mí los resultados: los ganadores no habían sido los de siempre, lo hagan mal o aún peor, sino una singular mezcolanza de siglas entre las que distinguía con nitidez a UPyD, Vox, IU, Equo, Impulso Social e incluso algunos otros, que ya no recuerdo, de ese fantasmal bosque en el que permanece recluida y condenada la pluralidad política de los españoles. PP y PSOE, especialmente éste, debían conformarse en esta ocasión con las migajas que el sistema electoral asigna a las minorías.

Y lo más curioso, y lo que me ha hecho salvar este sueño del olvido inmediato en que casi todos caen, es que ese mundo al revés me llenaba, aun dormido, de un sentimiento de felicidad que era compartido por todos los que poblaban semejante fantasía. Todo el mundo estaba sorprendido, pero más feliz que sorprendido. Como el aficionado que en estos días descubre, gracias al Atlético y al Sevilla, que la pasión por el fútbol no se agota en el ominoso duopolio Madrid-Barça, toda España vivía el mágico momento sin la menor preocupación, como una oportunidad sencilla y a la mano de nuevo comienzo por el que muchos habían decidido apostar, simplemente votando por una vez lo que de verdad les pide el alma. Y el resultado no era el caos, más bien la inefable sensación del que por fin remueve una losa que le aplasta.

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